Como sabemos, las economías de América Latina y El Caribe llevan años inmersas en ese proceso de convergencia con unas economías desarrolladas cada vez más avanzadas. Sin embargo, no todas las economías de la región se encuentran en la misma posición dentro de ese proceso. Para que nos hagamos una idea, no es lo mismo hablar de la economía de Brasil que hablar de la economía de Argentina. De la misma forma que no es lo mismo hablar de Chile que hablar de la economía de Venezuela.

Como sabemos, la situación que atraviesa Venezuela es bien conocida por no ser una situación deseable. La pobreza, analizada durante el periodo comprendido entre los años 2005 y 2019, muestra una incidencia que ha pasado de estar en niveles del 34,4% a estar en niveles cercanos al 96,2%. Asimismo, los porcentajes correspondientes a la pobreza extrema, siendo esta la más preocupante, aumentaron sustancialmente durante este periodo. Pasando del 10,7% al 79,3%.

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En profundidad, centrándonos en el coeficiente de Gini, siendo este un indicador muy confiable para medir la desigualdad y la pobreza, observamos que este continúa siendo relativamente alto. El año pasado se situó en 0,51.

En esta línea, casi el 80% de los venezolanos no cuenta con recursos para adquirir productos tan básicos como los alimentos. La situación que vive la inflación en el país es tal, que se necesita un salario mínimo para comprar un kilo de arroz. En estos momentos, la depreciación del bolívar se ha acentuado hasta el punto de que un salario mínimo en Venezuela ahora equivale a menos de un dólar. Una situación que provoca la huida de miles de ciudadanos cada año por la incapacidad de vivir en un territorio en el que el poder adquisitivo es prácticamente inexistente.

Así pues, si en el año 2018, cuando el país ya vivía en un escenario de inflación galopante, un café con leche costaba 2,50 bolívares, de acuerdo con determinados indicadores como el utilizado en estos momentos, el mismo café a finales del año 2020 ya costaba 1.300.000 bolívares. Y es que la economía con más inflación del mundo suma tres años consecutivos cerrando con índices inflacionarios que superan los cuatros dígitos. De acuerdo con la consultora Ecoanalítica, el 2020, siendo un año terrorífico para la economía, cerró con una inflación que superaba el 2.500%. Una situación que se ha vuelto insostenible e irreversible.

Dicen que la necesidad agudiza el ingenio, y eso es lo que ha empezado a observarse en la población venezolana, o en aquella que no tiene la capacidad de huir del país en busca de prosperidad en otras economías vecinas. La economía de bolsillo se ha instaurado en el país, creciendo en tanto en cuanto crece la inflación. Pues ante una clara incapacidad de poder adquirir bienes tan básicos como el arroz, o como el agua, la sociedad venezolana, en un mercado claramente informal, ha comenzado a dividir los bienes en porciones, reduciendo su costo e incrementando este poder adquisitivo anteriormente mencionado.

Para hacernos una idea, la situación en Venezuela es tal, que un kilogramo de carne costaba, y a fecha de 2018, cerca de 9 millones 500.000 bolívares. En el mismo año, un rollo de papel higiénico costaba 2 millones 600.000 bolívares; un kilogramo de arroz costaba, aproximadamente, 2 millones 500.000 bolívares; otros productos como el paquete de pañales alcanzaba los 8 millones.

Ni con Maduro aumentando el salario mínimo hasta niveles desorbitados, como el alcanzado ese año, cuando lo incrementó hasta situarse en los 180 millones de dólares, la sociedad contaba con recursos para adquirir productos a tan elevado coste. Como decíamos, el poder adquisitivo era prácticamente inexistente y la pobreza debía combatirse con ese ingenio que llevó a esa misma ciudadanía a tener que dividir los productos en porciones o unidades, con el fin de abaratar los costes y tener acceso a esos bienes básicos.

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El malestar en Venezuela crece por momentos, y la sociedad ya no sabe cómo hacer para sobrevivir entre miseria y delincuencia. Por mucho que duela, la realidad es la que es, y lo que se observa en Venezuela no es la riqueza que un día tuvo, pero como el rey Boabdil de Granada, un día perdió entre rabia y llantos. La dolarización parece la única salida, pero un dirigente como Nicolás Maduro, a quien algunos más valientes llaman dictador, parece que no lo va a poner fácil.

Lo que sí es seguro es que Venezuela necesita una salida, una vía de escape. Si esa vía no llega con el mandatario bolivariano Nicolás Maduro, el colapso económico y la más extrema pobreza, con el paso del tiempo, y junto al pueblo, acabará con el.

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