DW.- Desde hace meses, organizaciones y gobiernos de América Latina y El Caribe vienen reclamando que la recuperación de la pandemia de COVID-19 sea sostenible con el medio ambiente. “Tierras saludables para una mejor reconstrucción” es precisamente el lema del Día de la Desertificación y la Sequía, que conmemora cada 17 de junio la Convención de las Naciones Unidas de Lucha contra la Desertificación (CLD).

Por segunda vez, un país de América Latina y El Caribe es anfitrión de dicha celebración, tomando el relevo de Ecuador, que lo fue en 2018. El gobierno de Costa Rica organizó un evento en el que ha presentado las diversas acciones con las que ha conseguido convertirse en el primer país tropical en detener y revertir su proceso de deforestación y degradación de bosques.

“Nos pareció el momento adecuado para explicar que la tierra es la base donde está el bosque, es el ecosistema y es la base donde desarrollamos las actividades productivas, el consumo y donde también disfrutamos de sitios turísticos”, explicó a DW la ministra de Medio Ambiente de Costa Rica, Andrea Meza.

Se trata de una problemática mundial que puede convertirse en la próxima pandemia, tal y como ha alertado la ‘Evaluación global sobre la reducción del riesgo de desastres: Informe especial sobre la sequía 2021’ publicado por la Oficina de las Naciones Unidas para la Reducción del Riesgo de Desastres (UNDRR).

“Si bien el riesgo directo de la sequía es diferente en diferentes regiones, en nuestro mundo global interconectado ya no podemos permitirnos pensar en los problemas como separados por peligro o por país”, apuntó a DW la vocera de la organización, Jeanette Elsworth. “La sequía en una parte del mundo puede afectar las cadenas de suministro, el suministro de energía, la seguridad y estos pueden tener impactos en otras partes del mundo”, agregó.

Enfrentando el riesgo

“Vivimos en una región donde también estamos viendo los efectos de la desertificación”, recalcó Meza, recordando que “el Corredor Seco es una amenaza común”.

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Este área geográfica cruza desde el estado de Chiapas (México) hasta Costa Rica, pasando por El Salvador, Honduras y Nicaragua. Por ello, en el norte del Costa Rica, en Guanacaste, así como en las cuencas de los ríos Barranca, Tárcoles, Jesús María y Reventazón se están implementando planes y acciones específicas de restauración. 

La Finca Lajitas, en Guanacaste, es uno de estos lugares. Se trata de una empresa ganadera que ha pasado de un modelo de producción tradicional a sostenible. Esta finca forma parte del proyecto piloto de la Estrategia Nacional de Ganadería Baja en Carbono del Ministerio de Agricultura y Ganadería.

“En la finca aplican pastoreo racional, cercas eléctricas alimentadas con paneles solares; pastos mejorados, reservorios de agua para suministro en potreros y mejoramiento genético”, detalló Meza, entre otras técnicas. “Tiene más del 35% de su área bajo protección de bosque, lo que permite conservar flora y fauna local y generar servicios ambientales como agua y oxígeno”, recalcó.

La Ministra de Ambiente y Energía de Costa Rica apuntó que en Guanacaste hay unas 300 fincas implementando alguna de estas medidas. “En el país ya son más de mil fincas ganaderas las que forman parte de la Estrategia Nacional de Ganadería baja en Carbono”, subrayó.

Inversión hoy para un futuro mejor

Para Walter Vergara, Especialista Senior de Clima y Bosques del World Resources Institute (WRI), “Costa Rica representa un ejemplo muy acertado de combinación de agenda política e inversión privada para prevenir la degradación del suelo”. “En pocas décadas revirtió la tendencia de degradación y apunta a aumentar su capital natural, y este capital es ahora el centro de su estrategia de descarbonización”, apunta en entrevista a DW

Invertir en este tipo de medidas podría lograr que miles de centroamericanos dejaran de verse obligados a abandonar sus hogares porque la tierra de la que subsisten ya no puede cultivarse. “Este problema es un ejemplo del impacto climático en las migraciones”, apuntó el experto de WRI, recordando que para ello se pueden usar los recursos del Plan del Triángulo Norte de la administración de Estados Unidos. “El uso dirigido de estos recursos fiscales, por ejemplo para promover reforestación y restauración de tierra degradada, puede hacer una gran diferencia”, consideró.

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Por otro lado, se estima que la restauración de tierras a nivel global podría generar beneficios de 1.4 billones de dólares anuales. De todos modos, “la prevención siempre es más barata que la respuesta. En algunos casos, vemos que 1 dólar gastado en prevención puede ahorrar entre  6 y 15 dólares en respuesta a desastres”, dijo Elsworth, que reconoció que los gobiernos son reacios a realizar este tipo de inversiones. “La UNDRR trabaja para persuadir a los gobiernos de que miren más allá de los fines políticos a corto plazo y trabajen con instituciones y mecanismos multilaterales en planes y proyectos para inversiones dirigidas a prevenir futuros riesgos de desastres”, explicó.

Finalmente, “convertir el uso del suelo de una fuente de emisiones a un sumidero de carbono es central para lograr la descarbonización de las economías latinoamericanas”, aseguró Vergara, coordinador de la iniciativa 20×20 que ha conseguido restaurar 22 millones de hectáreas de tierras degradadas en la región. “La nueva meta es llegar a 50 millones de hectáreas para el 2030, incluyendo 30 millones de hectáreas en los compromisos del Acuerdo de París”, agregó.

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