Por Eduardo Valcárcel *
El diccionario de Oxford escogió en 2016 el término ‘posverdad’ como la palabra del año. Este término, tenía más de una década en uso pero se popularizó por su empleo en la política, y sigue vigente. Su significado se resume a que creemos más en los cuentos, especulaciones y opiniones, que en los hechos.

Dos acontecimientos políticos posicionaron la posverdad: el Brexit en Gran Bretaña y la campaña electoral estadounidense que culminó con la elección de Donald Trump. En ambos se empleó una comunicación que apeló a las emociones de los electores más que a su racionalidad. El objetivo fue inducir comportamientos. El interés era subordinar la verdad al interés del proyecto político promovido.

Es importante reflexionar sobre las razones por las que mentir, tergiversar y confundir consiguen que la verdad no sólo desaparezca, sino que pierda relevancia. Todo parte de una noticia sin verificación, una especie de mentira, un mensaje viral que impacta. Detrás de éste viene la verdad, la posverdad. 

Hay páginas dedicadas a crear noticias falsas que tienen gran resonancia. Eso se debe a que los ciudadanos no se informan adecuadamente. Por el contrario, se dejan influenciar por el amarillismo y el morbo. Aunque la verdad se conoce después, ya no importa.

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Posverdad amenaza reputación

En ese entorno, la reputación se debe construir y fortalecer, pues se puede convertir en una suerte de blindaje que amortigüe los efectos de una posible crisis.

Y sí, el auge de las redes sociales y el acceso a diferentes medios masivos nos hace aún más vulnerables, por lo que debemos entender que, aun cuando no digamos nada, comunicamos.

Lo ideal es trabajar en nuestra reputación en tiempos de calma, transmitir los mensajes sobre la imagen que queremos proyectar y liderar la conversación sobre los temas de nuestro interés, antes de que otros lo hagan. 

Pero no debemos dar por sentado que nuestros mensajes serán el centro del debate, pues ahora todos somos influenciadores, aunque para serlo con efectividad, la información debe ser clara, concisa, trasparente y oportuna.

Las organizaciones deben tener a sus stakeholders informados sobre sus operaciones, aportes y temas sensibles. De esa manera puedrán mitigar o neutralizar información externa. 

Las empresas deben tener una comunicación efectiva al interior, que concientice de los valores. Al mismo tiempo, es preciso que destaquen la importancia de ser transparentes y generar confianza y credibilidad. Todo ello es una estrategia que, además, podría convertir a los empleados y colaboradores en embajadores de la organización. Ya lo decía Albert Einstein: “Los enemigos más encarnizados de nuestras ideas son aquellos que no las entienden”.

*Managing Partner de Newlink Group

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