Como todos sabemos, la pandemia que ha sacudido a todas las economías presentes en el planeta, hasta el punto de trastocar los cimientos sobre los que se sostenía nuestro sistema y sobre los que operaban estas economías, dejará huella en todos y cada uno de los países que han tenido que enfrentarla. Tanto por la factura como por el propio coste de oportunidad que representa esta pandemia, hablamos de un daño que quedará registrado como una de las mayores crisis de nuestra historia reciente.

Y es que, como muestran los indicadores que custodian organizaciones como la OCDE, el Banco Mundial, así como otros organismos, hablamos de contracciones nunca vistas con anterioridad, en años pasados. Pues hablamos de una paralización, la cual debemos remontarnos a periodos bélicos para encontrar una paralización similar. Contracciones de hasta el -11% del PIB, como la de España, o del -10%, como la de Argentina, nos muestran la magnitud de la caída que aquí nos ocupa.

Sin embargo, la intensidad con la que ha sacudido esta crisis a las distintas economías, como muestra la OCDE, es distinta cuando analizamos país por país. China es una muestra de ello, pues sus indicadores nos muestran que la economía china, atendiendo a la variación de su PIB en este 2020, ha crecido. Así, debemos saber que estas economías, debido a su grado de desarrollo, sus desequilibrios estructurales, así como sus recursos para combatir la pandemia, presentan diferencias que condicionan el comportamiento de la crisis y, por ende, sus consecuencias.

Por esta razón, mientras tenemos economías que han podido ofrecer un estímulo fiscal de hasta el 11% del PIB, como ha hecho Estados Unidos, otras, como México, no han alcanzado ni el 1% de su PIB en lo que respecta a la movilización de recursos para combatir la crisis. Unas divergencias que se observan, como muestran los últimos indicadores al respecto, en las tasas de crecimiento que registra la economía estadounidense con la pandemia, frente a un crecimiento de la economía mexicana que, de no ser por el efecto contagio y el comercio, se habría convertido rápidamente en estancamiento.

Lo que hablamos queda recogido en los datos que ofrecía la Universidad de Columbia sobre la respuesta fiscal ofrecida por los países en relación con su PIB. Unos datos que nos muestran una respuesta global media del 3,7% del PIB; pero si clasificamos entre economías desarrolladas y no desarrolladas, la respuesta fiscal media en las desarrolladas asciende hasta el 6,7% del PIB, mientras que en las economías en desarrollo de América Latina alcanza el 2,4% de su PIB. Por ello, y atendiendo a esa condicionalidad de la que hablaba el FMI, hablamos de un factor determinante.

Esa falta de recursos para combatir el COVID, materializada en una escasez muy pronunciada en lo que respecta a recursos sanitarios, políticas sociales, estímulos fiscales, así como a todo tipo de asistencia por parte del Estado, también está llevando a estas economías a una recuperación mucho más tardía, en tanto en cuento se incrementa el deterioro por la consolidación de los daños de los que hablábamos. Pues, en resumen, hablamos de economías menos capaces para aplicar mecanismos de contención de pérdidas y que, por ende, se daña más y se recupera de una manera más tardía.

Una situación que debemos atender ante esa necesaria convergencia que, desde hace años, perseguimos incansablemente.

Como sabemos, grosso modo, la Revolución Industrial, así como otros factores, permitió que una serie de economías se desarrollasen a un mayor ritmo que otras, generando una situación de desigualdad que se arrastra hasta nuestros días. Esta desigualdad, combatida desde hace años por las instituciones, precisa de actuaciones que traten de frenarla. Sin embargo, la sostenibilidad, entre otros factores, no permite una nueva revolución para impulsar estas economías, por lo que se requiere de otros mecanismos, como el multilateralismo y la globalización, para lograr esa convergencia.

La mayor participación de los países emergentes en los mercados internacionales, así como la inversión acometida por muchos Estados desarrollados en estas economías impulsó sus crecimientos hasta el punto de catalogar a muchas de estas economías como principales focos de inversión por su gran atractivo. Sin embargo, determinados factores han incidido en estas negativamente, generando un estancamiento de estas que ha moderado notablemente estos crecimientos hasta el punto de frenar esa convergencia.

El virus ya parece que comienza a extinguirse, aunque lo hace muy lentamente. Ante este nuevo escenario sin virus, la mayor cordialidad entre determinadas economías, como la europea con la estadounidense, o esa menor hostilidad, como la que hay entre Estados Unidos y Latinoamérica, podría dar lugar a un nuevo escenario de entendimiento, donde los Gobiernos, motivados por cuantiosos planes de estímulos, tratasen de apostar por un desarrollo inclusivo, reparando de paso, mediante el multilateralismo, las fallas estructurales de las que adolecen estas economías.

Centroamérica, así como las economías de América Latina, en general, deben ser inteligentes y apostar por planes de desarrollo bien fundamentados, pues las condiciones financieras son óptimas y los Gobiernos se muestran muy empáticos. De usar estas relaciones, y el escenario, inteligentemente, podríamos estar ante una nueva era de prosperidad y desarrollo. Una nueva era en la que una Latinoamérica corrupta, violenta y desigual no sea nada más que cosa del pasado.

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