Por Judith Cury

Una autoestima elevada conduce a las personas a alcanzar metas elevadas, tan altas como sea la imagen que tengan de sí mismas. Por igual, una baja autoestima las mantendrá donde no quieren estar. Una baja autoestima es la más dañina de todas las creencias limitantes que un ser humano pudiera tener.

En nuestra región, la baja autoestima es la principal barrera que impide a las mujeres impulsar todo su potencial emprendedor y su liderazgo, pero este no es un estereotipo que caracteriza exclusivamente a la población femenina de Centroamérica, el Caribe o Latinoamérica. Es un problema que encontramos como elemento transversal en todos los países en vías de desarrollo y probablemente estemos hablando de un fenómeno de género global. 

Hay numerosos trabajos de sicología sobre este tema y algunos de los más conocidos son los experimentos del psicólogo social estadounidense Claude Steele, profesor de Standford University, en los cuales demuestra cómo una baja autoestima en la mujer y otros grupos en posiciones de desventaja social y económica puede convertirse en una profecía autocumplida.

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En una serie de experimentos que Steele bautizó con el nombre de “amenaza del estereotipo”, el investigador comprobó que las mujeres en las universidades norteamericanas tenían un bajo rendimiento en Matemáticas, precisamente, porque eso era lo que se esperaba de ellas y lo que ellas esperaban de sí.

En esos experimentos, las estudiantes universitarias obtenían mejores resultados en exámenes de Matemáticas demandantes, cuando estos incluían, al principio, la siguiente afirmación: “Quizá hayas oído que las mujeres normalmente rinden menos en las pruebas Matemáticas que los hombres, pero eso no es cierto en esta prueba concreta”.

Por el contrario, los universitarios varones blancos, estudiantes de Matemáticas e Ingeniería, que obtuvieron una nota alta en el apartado de matemáticas del SAT —el examen de acceso de la universidad en Estados Unidos—, un grupo de gente bastante confiada en sus habilidades matemáticas, hacía peor un examen cuando se les decía que el experimento tenía por propósito investigar «por qué parece que los asiáticos rinden mejor que otros estudiantes en las pruebas de habilidad matemática».

“Estos tipos de experimentos se han repetido muchas veces en distintos contextos para poner a prueba diferentes clases de prejuicios autodiscriminatorios. La autodiscriminación es, con frecuencia, autorreafirmante: la gente responde de manera distinta cuando se les recuerda su identidad grupal, lo que les hace dudar de sí mismos aún más”, nos recuerdan los economistas Esther Duflo y Abhijit Banerjee, pareja que junto a su colega Michael Kremer comparten el Premio Nobel de Economía 2019, en su obra Buena economía para tiempos difíciles.

¿Y qué se puede hacer cuando la baja autoestima se erige en el techo de cristal a los legítimos sueños y ambiciones de las mujeres? Como siempre que hay un problema, definirlo, reconocerlo y nombrarlo es un primer gran salto hacia su solución. Los siguientes pasos -aunque no los únicos- podrían ser cuidar nuestro diálogo interior, potenciar las afirmaciones y visualizaciones positivas y remarcar positivamente el significado de nuestras experiencias.

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Estoy convencida de que, para ayudar a las mujeres a romper el círculo de la pobreza, a través del emprendimiento económico, debemos estructurar programas que les permita elevar la autoestima; mejorar la educación práctica y de negocios, y fortalecer sus capacidades tecnológicas. ¿Por qué no empezamos a trabajar la autoestima, antes que todo?

*La autora es fundadora de Prosperanza y embajadora de la Juventud Centroamericana por la Iniciativa El País Que Viene.

Las opiniones expresadas son sólo responsabilidad de sus autores y son completamente independientes de la postura y la línea editorial de Forbes Centroamérica.