Como sabemos, Centroamérica se encuentra, en estos momentos, celebrando el 200 aniversario desde que logró su independencia de España, tras la conocida conquista que tantas luces y sombras ha suscitado entre los analistas políticos. Analizando la situación que presenta la región centroamericana en estos momentos, y haciendo balance de sus logros y derrotas bajo esa nueva constitución, vemos como esta presenta, y pudiendo observarse desde hace años, debilidades estructurales que siguen lastrando un desarrollo en la región que parece estar encallado, como si del Ever Given en el canal de Suez se tratara. Una situación que, conviene resaltar, sigue acentuándose con los efectos de la pandemia, donde hasta en el reparto de las vacunas vemos una desigualdad muy dañina para el bienestar y la economía globalizada que hoy nos caracteriza.

Pese a que hablamos de economías emergentes, con grandes reservas de recursos naturales, en algunos casos, y con gran potencial de crecimiento futuro, lo cierto es que el análisis nos ofrece una situación muy distinta, la cual parece estar ensuciando este reflejo que, años atrás, tenían todos los economistas e inversores en el planeta. Los crecimientos en la región se han desacelerado sustancialmente con el paso del tiempo, y las debilidades que presentaban estas economías, analizando la situación, siguen tan presentes como hace 20 años. La informalidad económica, la corrupción, la delincuencia, así como otros fenómenos tan dañinos para las economías, a diferencia de los crecimientos, siguen manteniéndose en niveles muy elevados, dejando todo ello una situación muy distinta a la que veíamos hace años. Pues, dicho sea de paso, hasta los flujos de capitales han moderado, de igual forma, su caudal con el paso del tiempo.

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Así, debemos saber que, hace unos años, y debido a una serie de factores, entre los que podemos destacar el rápido crecimiento que experimentó el comercio, así como esa mayor participación de las economías emergentes en los mercados internacionales, muchas de estas economías de Centroamérica y América Latina, en general, las cuales presentaban un claro GAP en todos los indicadores contrastados con otras economías desarrolladas, iniciaron un periodo de convergencia que los llevaría, años más tarde, a posicionarse al nivel de estas economías desarrolladas en lo relativo a su desarrollo. Con los datos en la mano, hablamos de un  impulso que llevó a estas economías a crecer a un ritmo medio del 7,6% durante la década del año 2000. Un ritmo de crecimiento que, de haberlo sostenido en el tiempo y de acuerdo con numerosos macroeconomistas, podría haber alcanzado un grado de desarrollo óptimo, al nivel de una economía desarrollada en algunos casos, en el año 2030.

Sin embargo,  y debido a esta moderación, así como a los problemas que seguían presentes y sin la atención necesaria por parte de la clase política, desde la crisis de 2008, los crecimientos en las economías emergentes se han ido moderando muy sustancialmente. Los países emergentes, que crecían a tasas cercanas al 14%, comenzaron a crecer a un ritmo medio del 7%. De esta forma, la tasa de crecimiento de las economías emergentes, que se distanciaba en hasta 4,5 puntos porcentuales de la registrada por las economías desarrolladas, pasó a distanciarse en tan solo 0,38 puntos porcentuales. Como vemos, un ritmo de crecimiento que, de seguir así, retrasaría dicha convergencia en hasta 300 años; un dato que preocupa bastante, pues hablamos de un estancamiento muy severo de unas economías que no terminan de despegar, pese a su independencia.

Hoy, con una crisis sanitaria que lleva aparejada una crisis económica inminente, las economías de Centroamérica siguen debilitándose ante los escasos recursos, a la vez que siguen distanciándose en la recuperación de unas economías desarrolladas, acentuando esa desigualdad de la que hablamos y que nos ocupa en el artículo. La respuesta fiscal, mientras que en las desarrolladas alcanzó una media del 6,7% del PIB, en las emergentes de América Latina no superó ni el 2% del PIB. Justo en un momento en el que una nueva variante del virus pretende volver a paralizar la economía a nivel global, la administración de vacunas en la región no alcanza ni el 17%, mientras que en las desarrolladas, de media, supera ampliamente el 40% de su población. Y es que, esta desigualdad de la que estamos hablando en todo momento, ante esas debilidades que acentúan los problemas en el territorio, sigue ensanchándose con el paso del tiempo.

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De esto pudo darse cuenta el economista Thomas Piketty, quien observó que, si bien la desigualdad se ha ido reduciendo considerablemente desde el año 1990 en todo el planeta, en términos generales, puede observarse, de la misma forma, cómo se ha producido, y a nivel global, un ensanchamiento en las colas en la distribución estadística. En otras palabras los deciles de ambos extremos se han alejado, lo que debería preocuparnos por una situación en la que, como nos muestran los datos, se observan puntuales incrementos de la desigualdad que ponen en peligro el desarrollo sostenible. Y estos incrementos, con el Covid lastrando a las distintas economías en la región, pretenden seguir dándose, agravando el problema, a la vez que acentuando otros, como la migración irregular.

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En resumen, de poco sirve celebrar una independencia que no ha traído consigo ese desarrollo esperado. Más que celebrar, la región debería estar planteando aquellas reformas de calado que doten de prosperidad a un territorio que, en determinadas zonas, presenta tanta hostilidad como un campo de batalla. Pues los crecimientos se debilitan, la convergencia se frena y la desigualdad se incrementa. Pero el desarrollo y las vulnerabilidades que presenta esta región siguen sin ser subsanadas por una clase política más pendiente de su imagen y del pasado, que de una región en la que, de seguir así, podría no tener ningún futuro.

Las opiniones expresadas son sólo responsabilidad de sus autores y son completamente independientes de la postura y la línea editorial de Forbes Centroamérica.