Por Uriel Naum Avila

Era enero de 2019 y el líder de la oposición Juan Guaidó había jurado como presidente encargado de Venezuela. El apoyo en ese momento de los presidentes Donald Trump, de EU; Iván Duque, de Colombia, y Sebastián Piñera, de Chile, así como de Luis Almagro, secretario general de la Organización de los Estados Americanos (OEA), pintaba una situación de cambio que parecía inminente en el país sudamericano.

En entrevista, Juan Guaidó me comentó en esos días que las palancas de cambio de su propuesta de gobierno estaban en la estabilización de la economía; en la búsqueda de dinero fresco vía apoyos financieros y el fondo de activos, y el impulso al turismo y la agroindustria. Todo esto acompañado de un plan de rescate global para generar empleo.

En los hechos, ningún cambio tuvo lugar. Ni la reconciliación de los venezolanos ni mucho menos la activación de la economía para hacer frente a la grave crisis que azota al país. Desde entonces hasta ahora, tanto el gobierno como la oposición se han movido muy cerca de la frontera de la ilegalidad. Los primeros, buscando legitimarse utilizando procesos electorales a modo. Los segundos, autoproclamándose los verdaderos representantes de los venezolanos.

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A más de ocho años que aumentó el nivel de sordidez y polarización, prácticamente desde la muerte de Hugo Chávez, hoy se abre un nuevo capítulo para Venezuela, una nueva oportunidad, con un conciliador sin filias ni fobias, Noruega, y en ‘cancha’ neutral, México.

Las reuniones entre la oposición de Venezuela ─representada por personajes como Gerardo Blyde, Luis Emilio Rondón, Stalin González, Mariela Magallanesy Claudio Vecchio─ y el gobierno ­─Jorge Rodríguez, Héctor Rodríguez, Nicolás Maduro Guerra, entre otros─ tienen las condiciones idóneas para dar un primer paso real rumbo a la transición ordenada.

El propio Nicolás Maduro parece haberse dado cuenta que nadie puede monopolizar el poder para siempre (muchos menos cuando puede ser juzgado al dejar el gobierno y Estados Unidos asfixia a su administración desde fuera), no por nada en las últimas semanas ha hecho público que las conversiones con la oposición guaidocista marchan bien y ha llamado reiteradamente a que “todas las oposiciones” participen en las negociaciones políticas de México.

Hay un tema que poco se dice y se sabe afuera de Venezuela y que podría empantanar las negociaciones: la oposición está dividida. Muchos de los líderes que antes apoyaron a Guaidó y ahora están en otros grupos de la oposición se quejan de que el ala dura del autoproclamado presidente no permite negociar nada con el gobierno de Maduro, a pesar de que algunos de ellos han llegado a acuerdos con el gobierno para avanzar en la agenda política.

La lista de pendientes en México incluye temas como respeto al Estado de derecho, convivencia política y social, renuncia a la violencia, reparación a las víctimas, protección a la economía y las garantías. Sino pasa nada después de este acercamiento entre la oposición y el gobierno no se caerá el mundo, al menos en Venezuela las cosas no pueden ser mucho peor, salvo una guerra civil abierta.

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Es momento de que unos y otros descansen las armas y los ánimos. Cualquier negociación implicará ceder para ambas partes. De lo contrario, los líderes solo habrán viajado a México en estatus de turistas y posiblemente a su llegada la gente de a pie los vuelva a mirar con cansancio. Ojalá está vez los protagonismos no ganen.

*El autor es periodista de negocios de Latam y consultor en comunicación corporativa.

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