Por Uriel Naum Ávila

Hace unos días la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (Cepal) confirmó con cifras lo que ya se intuía: la inversión extranjera directa (IED) sufrió una caída muy fuerte en 2020, a tal grado que no se presentaba una cifra tan baja desde 2010.

Solo Bahamas y Barbados en el Caribe, Ecuador y Paraguay en América del Sur, y México, el segundo mayor receptor después de Brasil, aumentaron su IED el año anterior, para el resto de los países de la región, los números fueron rojos.

En números duros hablamos de que Latinoamérica recibió 105,480 millones de dólares (mdd), esto es, 34.7% menos que en 2019. Si bien se trata de un porcentaje similar al que se registró a nivel mundial en este mismo rubro (35% a la baja), hay razones para preocuparnos como región.

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Estudios de la propia Cepal señalan que en el contexto de recuperación mundial, son Europa, América del Norte y países de Asia los destinos a los que los inversionistas estarían apuntando este 2021, y no necesariamente los países emergentes de América Latina.

Esto no quiere decir que la región no recibirá “aceite” para mover su economía (se prevé un crecimiento económico de 5.2% para este año), el problema es que no será suficiente para regresar a los niveles de empleo y operación de empresas que había antes de la pandemia Covid-19.

¿Cuánto podría crecer la IED en 2021 en la región? Las estimaciones señalan que no más de 5%. Y hay otra cuestión a considerar: si bien en el pasado la IED ha servido como indicador de “salud” del ecosistema de negocios, la Cepal considera que “no hay elementos que permitan afirmar que en la última década haya contribuido a cambios significativos en la estructura productiva de la región”.

En pocas palabras, América Latina requiere IED que apunte hacia actividades que generen mayor productividad, innovación y tecnología, como bien ha venido apuntando el organismo internacional en voz de su propia secretaria Ejecutiva, Alicia Bárcena.

Los sectores estratégicos de cara a la recuperación pos Covid, pero también en el contexto de la Cuarta Revolución Industrial, son: energías renovables, la electromovilidad sostenible en ciudades; la revolución digital inclusiva; la industria manufacturera de la salud; la bioeconomía; la economía del cuidado; la economía circular, y el turismo sostenible.

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Atraer inversión de esas industrias no es un tema sencillo. Se tienen que generar nuevas políticas sectoriales, nuevos incentivos de inversión y posiblemente algo que dolerá a muchos países, nuevas fuentes de capital diferentes a las que están acostumbrados, por ejemplo, China. Pero de eso ya hablaremos en la siguiente columna.

*El autor es periodista de negocios en Latam y consultor en comunicación corporativa.

Las opiniones expresadas son sólo responsabilidad de sus autores y son completamente independientes de la postura y la línea editorial de Forbes Centroamérica.