Por Pedro Lichtinger

En el mundo financiero se habla de un mercado de la salud antes y después de COVID-19. La inversión en emprendimientos de medicina digital ha aumentado 66% desde 2019 a esta parte, lo que equivale a U $14.8 mil millones de dólares. Es que, tanto para médicos como para pacientes, lo que antes era un lujo ahora pasó a ser una necesidad: las herramientas digitales simplifican los trámites y las consultas médicas, lo que incide para bien en la calidad de vida. 

Es por todos sabido que los tratamientos contra el cáncer son costosos en dinero, pero también en tiempo. Un estudio publicado por la Universidad de Pennsylvania revela que los pacientes con cáncer invierten 4.6 horas promedio en cada consulta, pero a esto hay que sumarle las 2.5 horas que les lleva trasladarse hacia y desde la institución donde se atienden, y considerar también el tiempo que pasan en la sala de espera. Sobre el total de tiempo que los pacientes con cáncer le dedican a su tratamiento, resume el artículo, 60% corresponde a los viajes y a la espera.

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La tecnología aplicada a la salud es el boom de esta pandemia. Lo que en un principio fue cuestión de fuerza mayor, debido a las restricciones que conocemos de sobra, su prolongación en el tiempo consolidó algunos cambios en los tratamientos. Después de que tanto médicos como pacientes comprobaron que algunas cuestiones se pueden monitorear de manera remota, empezaron a proliferar las herramientas y plataformas que perfeccionan los nuevos protocolos. Y, con ello, los emprendimientos.

No nacen, se hacen

Casi todos los días se publica en el periódico que un emprendimiento de la región alcanzó el estatus de unicornio, es decir, una valuación de 1.000 millones de dólares o superior. Tras largos meses de letargo, el efecto rebote de la economía post-pandemia pone a la innovación y al emprendedorismo en el centro de la escena. Pero, ¿por qué algunas iniciativas prosperan y otras no?

La revolución tecnológica que impuso COVID-19 catapultó los emprendimientos digitales, porque le permitió al mundo entero operar a distancia de manera transparente y segura. Pero todo el mundo sabe que, en tecnología, lo que hoy es de última generación mañana ya es pasado. Pensar y desarrollar soluciones a largo plazo es algo que va mucho más allá de una tendencia: requiere de la visión que da la experiencia.

Cuando dimos con la idea del parche transdérmico, yo estaba pasando por una situación personal particular. Mi hermano había sido diagnosticado con cáncer de próstata metastásico, y padecía los efectos de un tratamiento intensivo y virulento, con efectos secundarios tan adversos que comprometían seriamente su calidad de vida. Buscando cómo ayudarlo, un colega de la industria farmacéutica y biotecnológica, donde trabajo hace casi treinta años, me presentó la tecnología de los parches. El resto fue atar los cabos y armar un equipo con algunos de los mejores especialistas en hematología y oncología del mundo. Entre todos, desarrollamos estos parches, que tienen el enorme potencial de mejorar la vida de las personas con cáncer.

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Un informe reciente de McKinsey pronostica más cambios por venir en la industria de la salud y el bienestar. Para 2030, dice el estudio, los consumidores le van a preguntar al refrigerador (que antes se puso de acuerdo con el colchón) qué es lo que conviene cenar para dormir mejor. Y también van a monitorear sus indicadores de salud en casa antes de llamar al doctor. COVID-19 funcionó como una poderosa voz de alarma que nos dejó a todos con ganas de tomar las riendas de nuestro bienestar. Se volvió un factor determinante a la hora de decidir cualquier compra, dice el estudio.  

*El autor es presidente y CEO de Starton Therapeutics.

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