Como si de una crónica se tratase, en las últimas semanas hemos hablado de cómo la crisis ha acentuado las desigualdades en Centroamérica, de cómo el comercio ha amortiguado en territorios como México los daños de la pandemia, o de cómo prevén los países recuperar su nivel previo a la crisis del COVID. Asimismo, hemos hablado de cómo el desarrollo de muchas economías de Centroamérica, ya antes de la pandemia, venía apagándose. También sobre las dificultades que enfrenta la región, y que le auguran un futuro con obstáculos que combatir. Mientras que, hace escasas semanas, hablábamos sobre los niveles de inversión extranjera directa, a la vez que decíamos que, a consecuencia de todo lo mencionado, se han reducido considerablemente desde hace años.

El ciclo, cual reloj bien ajustado, se cumple a la perfección, atendiendo perfectamente a todo lo comentado previamente sobre la situación económica de determinados territorios, así como a las consecuencias, más que previstas, que tienen este tipo de situaciones. En las últimas horas, numerosos grupos de migrantes se colapsan en las fronteras, a la vez que más y más caravanas se preparan para emprender su camino hacia la tierra prometida: los Estados Unidos. La frontera sur, que es como se denomina a la frontera mexicana que separa a México de muchos de estos países, se enfrenta a una ola migratoria record. México pide ayuda, a la vez que más y más personas llegan al lugar de paso buscando eludir a los más de 14.000 agentes mexicanos que, desplegados, velan en la frontera.

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Lo curioso de todo esto es que a alguien le parezca curioso y extraño, valga la redundancia, lo ocurrido en la frontera mexicana. La situación en muchas economías de Centroamérica es cada vez más insostenible para determinados deciles de renta a los que ya de por sí les costaba llegar a final de mes, pero que con la pandemia se han metido en el umbral de la pobreza, debiendo recurrir a la huida y a emigrar para poder contar con un nivel de vida de digno. Especialmente en un momento en el que la economía del norte, Estados Unidos, ha desplegado un paquete monetario y fiscal equivalente al 18% del PIB; llevando las remesas a niveles desorbitados, y a ostentar una mayor representación en muchas de estas economías.

Es también el caso de México, una economía en la que las remesas han pasado de representar el 2% hace escasos años, a representar más del 4% del PIB mexicano. Como vemos, una dependencia que crece tanto por la caída que han registrado estas economías, como por el importante estímulo de un Gobierno tan reforzado económicamente hablando como lo es el Gobierno de los Estados Unidos.

Y es que podemos seguir atribuyendo la culpa de lo ocurrido a los programas de asilo mexicanos y estadounidenses, así como a su mal diseño. Podemos seguir diciendo que la culpa es de la falta de recursos económicos puestos a disposición de los países centroamericanos para combatir la inmigración irregular –curioso como poco, cuando luego se celebran los registros record de remesas como si de un éxito se tratase; véase AMLO–. Podemos seguir atribuyendo la culpa al colonialismo del siglo XVI, o al mismísimo demonio si alguno así lo estimase. Sin embargo, esas acusaciones seguirán cayendo en saco roto si no se analiza el problema de raíz.

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En España, hace unos días, el presidente Sánchez, en su intención de indexar las pensiones a la inflación, derogó una medida que le impedía incrementar el gasto en pensiones si la situación financiera así lo impedía. Sánchez celebró esto como un éxito, pues dijo que el problema se había arreglado y se había garantizado el poder adquisitivo de las familias. Sin embargo, esa revalorización, a cargo de la deuda, pasará factura en el futuro, y el problema que debía ser combatido de raíz, se ha disimulado con un parche que, cuando estallé, solo agravará la situación. Un caso similar al que ocurre en muchos países europeos, en un escenario en el que deben enfrentarse a la crisis demográfica que sufre el continente.

De la misma forma se puede seguir haciendo en Centroamérica. Se pueden seguir solicitando recursos a los Estados Unidos, pues llegarán. De la misma forma lo harán los organismos multilaterales como la ONU, el Banco Mundial, el FMI, entre otros. Argentina y su deuda es la mejor prueba de que los recursos, aun en presencia de grandes riesgos, llegan finalmente. Sin embargo, todos esos recursos seguirán combatiendo a los ciudadanos en las fronteras, a la vez que movilizarán a más personal, y más armamento a los pasos fronterizos. Para desgracia de muchos, los recursos no serán utilizados en solventar los problemas que motivan a esta ciudadanía a huir de sus países en busca de una vida digna.

El tiempo pasa, y los niveles de informalidad económica, en muchos lugares de América Latina, oscilan estancados en niveles muy elevados. La violencia en las calles de muchos países impide el bienestar social. La corrupción sigue corrompiendo las instituciones en muchos territorios. En general, los problemas que debía combatir la región siguen presentes en parte de su territorio. Por ello, es preciso centrarse en los problemas y combatirlos de raíz, pues el crecimiento y el desarrollo se están esfumando y, de no comenzar a actuar, se esfumará por completo.

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