Por Uriel Naum Avila

Construir en América Latina una comunidad económica similar a la que dio origen a la Unión Europea, fue uno de los llamados que el mandatario de México, Andrés Manuel López Obrador, hizo a presidentes de Centro y Sudamérica, así como a países del Caribe.

El objetivo: fortalecer el mercado interno de la región para dejar de depender de su comercio con Asia y Europa. Incluso, señaló que Estados Unidos y Canadá podrían formar parte de esta aventura regional.

¿Qué implicaría llevar a cabo un proyecto regional de este calado, como el que el mandatario propuso en el marco de la reunión de la Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños (Celac), que tuvo lugar en México hace unos días?

De inicio, la posibilidad de contar con una moneda de curso común para toda la región, así como desarrollar instituciones americanas (en el sentido continental) o Latinoamericanas con capacidad de injerencia en temas de transparencia, justicia, normatividad, etc.

Igualmente, supondría la integración de cadenas productivas regionales, una migración más libre y al mismo tiempo segura, así como la generación de un Parlamento Latinoamericano, con participación de representantes de izquierdas y derechas. También la creación de Centros de Investigación y Desarrollo compartidos.

El posible escenario de una Unión Latinoamericana parece maravilloso, aunque utópico. La realidad es que, a diferencia de la Unión Europea, los países en la región no sólo son muy distintos unos a otros pese a compartir un lenguaje común, sino que responden a intereses que no siempre representan a los de la ciudadanía. La poca democracia en algunos de ellos y los cacicazgos son, entre muchas otras cosas, grandes obstáculos para una Latinoamérica unida.

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También vale decir que en el discurso muchos países hablan de integración, del “gran sueño de Bolívar”, pero en los hechos, en las acciones cotidianas que realizan, poco o nada les interesa. Un ejemplo de ello es la tan anhelada integración Centroamericana, que podría ayudar a los países del Istmo a resolver muchos de sus problemas de pobreza, migración, seguridad y cambio climático, por ejemplo.

Como muestra un botón: De las 24 cumbres desarrolladas desde 2010 en Centroamérica, solo en una ocasión (2012 en Honduras) coincidieron presencialmente los ocho presidentes y jefes de Estado.

“Esa falta de identidad regional, de un “nosotros”, de un foco de simbolismo compartido, complica ciertamente la acción conjunta entre gobiernos nacionales, o la acción transfronteriza entre sectores sociales. Además, resta urgencia a la construcción de agendas regionales y claridad sobre cómo proceder, pues no se puede apelar de manera sencilla a una noción de destino compartido. Ello podría debilitar los esfuerzos que, desde el punto de vista institucional, se hacen para perfeccionar la integración centroamericana”, se lee en el Sexto Informe Estado de la Región 2021.   

Más allá de esta difícil realidad y los obstáculos para una Unión Latinoamericana, lo cierto es que los últimos llamados de México a la integración han venido cimbrando a la región, no sólo en aspectos como el de decirle abiertamente a Estados Unidos que elimine el bloqueo de Cuba que ha mantenido por décadas, sino también el de ser la sede de encuentro para el diálogo del gobierno de Venezuela y la oposición, o ser la voz fuerte de Costa Rica para la creación de un fondo latinoamericano de emergencia climática.

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México está tomando de vuelta un protagonismo regional muy importante en los últimos meses, incluso en estrategias que buscan hacer frente a la pandemia Covid-19. Brasil por su lado, se ha hecho a un lado, mientras que Argentina está ocupado con su crisis interna, que se ha convertido en un pozo sin fondo. “El hermano mayor”, como muchos le llaman en Centroamérica y el Caribe, podría ser el eje transversal de importantes consensos futuros, aunque el sueño de la Unión Latinoamericana se perciba así, un sueño.

*El autor es periodista de negocios en Latam y consultor en Comunicación Corporativa.