Por César Addario Soljancic

Una palabra ha estado haciendo variar los ánimos de los mercados y, por tanto, los resultados de los principales índices de las bolsas mundiales: el tapering. Este término significa la reducción gradual de estímulos económicos que la Reserva Federal de los Estados Unidos (Fed) ha mantenido, en este caso para tratar de paliar los efectos que ha tenido una prolongada pandemia de COVID-19.

Para garantizar que haya dinero en la economía, la Fed mantiene un programa de compra de papeles públicos, como Bonos del Tesoro, que podría concluir este mismo año. Pero para los mercados esto abre las puertas también a que el banco central estadounidense comience a aplicar alzas graduales de las tasas de interés.

Los mercados suelen acostumbrarse al dinero barato, como se vio ya cuando las tasas base se bajaron a raíz de la gran crisis financiera internacional de 2008 y 2009, y la posibilidad de que estos beneficios se retiren ponen nerviosos a los inversores. A finales de agosto, todos los ojos estaban puestos en el simposio de Jackson Hole, que reuniría a gobernadores de las Reservas Federales de distintos estados, y los oídos atentos a lo que dijera Jerome Powell, el presidente de la Fed.

De todo lo que Powell dijo en su discurso, hubo dos cosas que destacaron: primero, el hecho de que es bastante posible que la Fed anuncie la reducción gradual de la compra de bonos en diciembre de este mismo año, y segundo, que este movimiento no será seguido necesariamente por un alza de tasas de interés. A menos que las condiciones económicas lo ameriten. Recordemos que la Resera Federal ha puesto condiciones relacionadas con los precios y el empleo antes de comenzar a mover los tipos.

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Por un lado, la Fed ha marcado una meta de inflación del 2 % y, por el otro, un objetivo de empleo pleno, que pese a las mejoras paulatinas que se observan en el mercado laboral, aún está lejos de conseguirse. Los mercados también estaban siguiendo de cerca la evolución de la inflación porque, ante un escesario de aumento descontrolado de precios y señales de recalentamiento de la economía, el freno natural que la Reserva Federal pisaría sería un alza en las tasas.

Por el momento, la Fed insiste en que la inflación es transitoria y más bien está vinculada con el ritmo de la recuperación tras la reapertura de la economía, y a factores como escasez de materias primas, problemas en la cadena de suministro, encarecimiento de la logísitica y ajustes al alza en las remuneraciones de los trabajadores.

Entonces, si bien hay certeza de que el tapering pudiera anunciarse incluso en noviembre próximo, no hay señales que indiquen que le seguirá un ajuste de tasas. Estas seguirían siendo parte de las herramientas para tratar de apuntalar a la economía en medio de la incertidumbre que aún representa el COVID-19, que pese al avance en el ritmo de vacunación se niega a desaparecer.

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En la medida que nuevas variantes del virus aparecen y vuelven a subir los contagios, resurgen los temores de que se hará necesario aplicar medidas de contención como cierres o cuarentenas, lo que debilitaría la incipiente recuperación. La Fed ha dejado claro que mientras la economía no dé señales más favorables, y aunque el tapering haya iniciado, se mantendrá el calendario original de ajuste de tipos.

*El autor es experto en deuda soberana.

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