En las últimas semanas, muchos economistas en la región han suscitado la necesidad de implementar planes para estimular el crecimiento en América Latina, así como la necesidad de fomentar la elaboración de un nuevo “Plan Marshall”, como denominan a los planes de movilización de recursos impulsados tras la crisis del COVID, el cual dote de recursos a unas economías que, a la luz de los datos, son incapaces de salir adelante de forma unilateral, con recursos propios y sin tener que recurrir a la deuda, a organismos multilaterales o terceros países.

Esto que comentamos es una realidad. Atendiendo a los datos que nos ofrece el Banco Interamericano de Desarrollo (BID), América Latina se ha situado muy por debajo de las economías desarrolladas en lo relativo a la respuesta ofrecida por los distintos países. Mientras el promedio de las ayudas fiscales ofrecidas durante la pandemia en los países de América Latina no superó el 8,5% de sus respectivos PIB, el promedio de estas respuestas en economías avanzadas superó el 18,8% del PIB. Como vemos, un gap superior a 10 puntos porcentuales que deja a Latinoamérica en una situación de desventaja.

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Pero es que, junto a esto que comentamos, es relevante señalar que incluso en otras economías emergentes, de Europa o Asia, el promedio es superior a Latinoamérica. En este sentido, las ayudas fiscales como porcentaje del PIB, en promedio, en las economías emergentes europeas alcanzaron el equivalente al 10%. En las economías emergentes de Asia, aun situándose a un nivel similar, el dato superó al de Latinoamérica en una décima. Lo que nos dice que Latinoamérica es, entre las economías del mundo, de las que menos recursos ha ofrecido durante la pandemia. Ello, como consecuencia de la escasez.

Asimismo, si atendemos a los datos que ofrece la universidad de Columbia, de Nueva York, podemos observar cómo el gasto fiscal frente a la pandemia, con relación al PIB, vemos que, en el mundo, el promedio se situó en el 3,7%. En lo que respecta a los países desarrollados, la respuesta, teniendo en cuenta que hablamos del gasto fiscal, superó el 6,7% del PIB en promedio. En América Latina, como ocurre cuando observamos otras cifras como las citadas en el anterior párrafo, este gasto fiscal no superó el 2,4%.

Como vemos, estamos ante unos datos que nos muestran esa necesidad de complementar los recursos con ayudas, pues la recuperación, como producto de esto que comentamos, está siendo muy divergente, como muestra la OCDE. La recuperación de las distintas economías se ha dividido en dos bloques: estableciendo la distinción entre economías desarrolladas y no desarrolladas. Así, mientras tenemos economías como Estados Unidos, que han ofrecido una respuesta fiscal equivalente al 18% de su PIB, y que ya han recuperado su nivel de PIB prepandemia, tenemos otras como México, que han ofrecido una respuesta fiscal que no alcanza ni el 1% del PIB, y que prevén recuperar ese nivel previo a finales del año 2023.

Es por esta razón por la que los países de América Latina siguen exigiendo planes para complementar el desarrollo de la región. Los crecimientos en la región desde 2008 se están desacelerando sustancialmente; la inversión extranjera directa, de la misma forma, se modera en lo relativo a flujos de capitales que circulan hasta la región; los retos en el horizonte son muy relevantes, y Latinoamérica es una región muy expuesta a ellos (crisis climática, por ejemplo). La situación en el continente no es la idílica, y pese a los esfuerzos, las vulnerabilidades y las debilidades que caracterizan a algunas de estas economías siguen muy presentes en la región; acentuándose, incluso, con la pandemia.

Es lógico que la región solicite ayuda exterior. Sin embargo, la ayuda exterior no es más que el gas de la risa que aleja a Latinoamérica de la auténtica recuperación y el auténtico desarrollo. Los flujos de capitales hacia América Latina han sido muy voluminosos, y la ayuda exterior ha llegado de forma permanente. No obstante, el continente sigue sin combatir determinados fenómenos con reformas de gran calado. El poder de las instituciones en estas economías es muy débil, y eso justifica su gran escasez y parte de sus vulnerabilidades.

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La ratio que elabora la OCDE y que mide la recaudación fiscal sobre el PIB, como una proporción que expresa la capacidad de extraer recursos por parte de las instituciones para sostener el Estado, nos muestra que América Latina, en lugar de solicitar recursos de forma permanente, debería comenzar a revisar sus modelos fiscales, que tan poco resultado están dando si atendemos a los indicadores. En este sentido, México, por ejemplo, ocupa la última posición en el ranking, no superando el 16% del PIB. Un nivel que, exceptuando economías como la de Brasil, se repite, de forma similar, en otras economías de América Latina.

Y es que, en conclusión, antes de seguir hablando de las ayudas, debemos extraer el rendimiento de una economía que no deriva lo que debería derivar a las arcas públicas. En este sentido, se solicita ayuda a los países y organismos mientras, en la región, se sigue sin actuar en lo relativo a la economía informal, y la incapacidad del Estado para extraer recursos que, en situaciones de crisis, permitan afrontar la situación decentemente. Pues, de no solucionar esto que comentamos, el malestar vivido y esa dependencia que se refleja a lo largo de este artículo se repetirá en cada crisis económica que se suceda.

Las opiniones expresadas son sólo responsabilidad de sus autores y son completamente independientes de la postura y la línea editorial de Forbes Centroamérica.