Los Juegos Olímpicos son un evento mediático global y, por ello, han sido una poderosa herramienta que trasciende más allá de las justas deportivas. Ejemplos son el enfrentamiento entre potencias durante la Guerra Fría en el medallero como símbolo de superioridad o el uso de boicots (Moscú 1980 y Los Ángeles 1984). China las utilizó para su lanzamiento como potencia emergente (Pekín 2008).

También operaron como mensaje de denuncia y rechazo a la discriminación étnica negando la participación de Sudáfrica en tiempos de apartheid, y como instrumento por la igualdad de género con la histórica decisión de 2012, de negar la participación de países sin representación femenina.

Así pues, más allá de las justas deportivas, Tokio estaba llamado a ser un poderoso símbolo de reconstrucción en conmemoración de lo sucedido en marzo del 2011, un terremoto 9.0 en la escala Richter, seguido de un tsunami y del accidente nuclear en Fukushima, calificado en la escala máxima por la Agencia de Seguridad Nuclear e Industrial, solo comparable con la tragedia de Chernóbil.

Los valores de fortaleza y resiliencia japonesa frente a lo sucedido en 2011 fueron fortalecidos y reafirmados ante las adversidades enfrentadas para la realización de estas Olimpiadas, la posposición por un año y la posibilidad de cancelación ante los cierres de fronteras, los peligros de nuevas cepas y la toma de medidas de protección a la salud de los atletas y ciudadanía japonesa.

Prevaleció el aguerrido carácter de los japoneses y gracias a su tesón hemos disfrutado de unas inolvidables Juegos Olímpicos, de récords, excelente desempeño de los atletas de la región y la participación de nuevas disciplinas.

Pero Tokio también será recordado por la valentía de Simone Biles, quien destacó en las Olimpiadas de Río (2016) al ganar 4 medallas de oro y coronarse como la máxima gimnasta de los últimos años, al suspender su participación para resguardar su salud mental. Que ella no compita por esta razón, ayuda a romper con estigmas y valida que los problemas de salud mental son tan apremiantes como los de la salud física, y que es válido y valiente reconocer cuando la mente no está bien. 

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El problema es real y hay que abordarlo. Diferentes estudios de la Organización Mundial de la Salud y de la Organización Panamericana de la Salud señalan cómo el 25% de la población mundial es víctima de trastornos mentales y de comportamiento en algún período de su vida, y esto sucede en una Centroamérica y República Dominicana con sistemas deficientes (OMS 2009), y cómo lo indiqué en una columna anterior “La pandemia tras la pandemia” es precisamente la salud mental la más afectada por esta crisis sanitaria.

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