Una recuperación obstaculizada por profundas fisuras. Así define el Fondo Monetario Internacional (FMI) la situación en su periódico informe WEO, en el que se publican las perspectivas económicas en lo relativo al crecimiento previsto en las principales economías en el mundo. Las optimistas previsiones que, desde hace meses, venimos escuchando, hoy no son tan optimistas. Los riesgos, como hemos comentado en esta columna en numerosas ocasiones –llegando a la saciedad y con el perdón del que sabe valorar una advertencia–, se han activado, y con ellos vienen los problemas.

La recuperación económica, aunque es un hecho, sigue siendo frágil. La pandemia que hoy sigue sacudiendo a las distintas economías en el planeta, aunque haya economistas que hayan tratado de restar importancia a esta variable en los modelos, es, a su vez, la que marca los tiempos en esta nueva economía a la que los expertos denominaban “la economía del 90%”. Por esta razón, numerosos factores como esa escasa respuesta fiscal por la escasez en materia de recursos; la vulnerabilidad que presentan economías como las de América Latina, o las propias divergencias que observamos en lo relativo a la vacunación –y que también hemos comentado y repetido en varias ocasiones–, han rebajado ese optimismo que semanas atrás se palpaba en el organismo multilateral.

Pero no solo estos factores han despertado al Fondo Monetario Internacional (FMI), así como a sus investigadores y economistas. Sino que, con la reactivación de la demanda y ante el shock de oferta vivido como consecuencia de la pandemia, la economía comenzó a sufrir disfuncionalidades que derivaron en una crisis energética, una crisis de materias primas, con cuellos de botella y cortes en la cadena de suministro, así como una crisis en lo relativo al mercado laboral, donde la recolocación y los propios efectos de la pandemia en el mercado laboral han llevado a determinados territorios a la escasez de mano de obra, con el consecuente sobrecoste que ello conlleva.

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Recordemos la frase de Joe Biden en la que recomendaba a los empresarios norteamericanos que pagasen más a sus empleados si querían que estos trabajaran. O el hecho de que, en plena crisis pandémica, la tasa de paro estuviera en máximos, mientras las vacantes de empleo igualaban la cifra, dejando huella de igual forma en la serie histórica.

La situación comienza a volverse complicada. Los bancos centrales, si hablamos de la Reserva Federal (FED) y el Banco Central Europeo (BCE) siguen con los estímulos aplicados, aun con avisos de iniciar la retirada muy pronto. En América Latina, México ya inició dicha retirada, por ejemplo, con reiteradas subidas de la tasa de interés de referencia, restringiendo con ello el crédito y con la amenaza de una moderación en el crecimiento. Y es que las presiones inflacionarias, aunque la inflación subyacente sigue siendo la que es, comienza a atascarse, alejándonos cada vez más del esperanzador discurso sobre la inflación transitoria. Una inflación que ya comienza a persistir para las empresas; recordemos, el principal motor económico.

La mala situación que atraviesan las empresas, en un escenario en el que la pandemia sigue presente y la vacunación no llega como debería llegar, las está matando lentamente, dañando el tejido productivo del país, con el que tenemos que salir adelante en esta crisis, en la recuperación. Pero estos sobrecostes mencionados, es decir, los problemas que se derivan de las crisis mencionadas anteriormente están consolidando poco a poco la destrucción de numerosas empresas, cuyas cuentas de resultados no soportan más la situación. Si tenemos en cuenta que hablamos del motor de toda economía, debemos ser conscientes del problema que esto supone.

Por todo esto mencionado, el Fondo Monetario Internacional (FMI), y en comparación con las previsiones de julio, ha comunicado que la proyección del crecimiento mundial para 2021 se ha revisado ligeramente a la baja, situándose ahora en el 5,9%. Como venimos avisando, el organismo ha comunicado nuevamente que la peligrosa divergencia de las perspectivas económicas de los países sigue siendo uno de los principales motivos de preocupación.

Pues, entre sus consecuencias, se prevé que el producto agregado del grupo de economías avanzadas recupere la trayectoria de la tendencia previa a la pandemia en 2022 y la supere en un 0,9% en 2024. En cambio, se espera que el producto agregado del grupo de economías de mercados emergentes y en desarrollo se mantenga en 2024 un 5,5% por debajo de las previsiones prepandémicas, lo cual provocaría un fuerte retroceso de los logros en la mejora del nivel de vida. Nuevamente, esos tres condicionantes de los que tanto hablamos en esta columna aparecen en el informe, pues el organismo concluye con que estas divergencias son consecuencia de la «gran brecha de las vacunas» y de las amplias disparidades en las políticas de apoyo. 

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Y es que dijimos que el cuadro macroeconómico no esperaba fuertes desviaciones, pero la pandemia y el desarrollo de esta, parcialmente incontrolable por los Gobiernos, sí podía provocar desviaciones en estas previsiones. Por esta razón, es importante seguir atentos a estos riesgos y mantenernos alerta. La recuperación sigue siendo frágil, y hasta la fecha seguimos inmersos en una excepcional incertidumbre que nos impide ver el medio y el largo plazo. Tengamos todo esto presente, pues las advertencias no deben ser tomadas como un ataque, sino como un consejo para anteponerse a escenarios que, a la luz de los datos y teniendo en cuenta el ejemplo de cisne negro vivido con el COVID, son más que posibles.

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