En las últimas semanas, las previsiones publicadas por el FMI, así como numerosos escollos que siguen obstaculizando la recuperación económica han moderado el optimismo que, hace meses, mostraban una gran mayoría de economías en el mundo. Los riesgos que amenazaban a los distintos territorios, finalmente, se han acabado materializando, haciendo que las previsiones que impulsaban el crecimiento al alza de julio se queden obsoletas en cuestión de dos meses.

Dicho de otra forma, la economía no prevé crecer tanto como se esperaba. El comportamiento de las distintas economías, especialmente de la demanda, despertaba el entusiasmo de los analistas, pero no contemplar los numerosos riesgos que iban acechando silenciosamente a las economías ha provocado que, pese a que no se esperaban grandes cambios en los distintos cuadros macroeconómicos, las previsiones, finalmente, hayan acabado desviándose del objetivo, provocando que aquellas economías más descolgadas en la recuperación, de facto, se descuelguen aún más.

Analizando la situación económica, esta peligrosa divergencia que observamos en las perspectivas sigue siendo uno de los principales motivos de preocupación. Pues, como hemos dicho en otras ocasiones, se prevé que el producto agregado del grupo de economías avanzadas recupere la situación previa a la pandemia en 2022. Sin embargo, en lo que respecta al producto agregado de las economías emergentes y en desarrollo (excluida China), se prevé que este, todavía en 2024, siga un 5,5% por debajo de las previsiones prepandémicas, lo cual provocaría un fuerte retroceso de los logros en la mejora del nivel de vida.

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Y es que, si bien se espera que el crecimiento del PIB mundial evolucione favorablemente el próximo año, la OCDE muestra que, a finales de 2022, el ingreso mundial seguirá siendo cerca de tres billones de dólares inferior a lo previsto antes de la crisis. En otras palabras, el equivalente, aproximadamente, al tamaño de la economía francesa.

Así, debemos ser conscientes de lo que estamos comentando en la columna que en estos instantes nos ocupa. La desviación que registran las previsiones del FMI, si se sigue ensanchando, podría generar una moderación en el crecimiento que genere un incremento de las divergencias entre economías desarrolladas y en desarrollo; en contra del objetivo de desarrollo inclusivo que se persigue. Y es que el escenario presente es el perfecto para que esta situación se haga realidad, teniendo en cuenta la difícil situación que atravesaban las economías en América Latina y una inflación que le está llevando a iniciar una pronta retirada de estímulos que alimenta la desaceleración; como comenta el FMI.

Situaciones que, dicho sea de paso, alimentan a economistas que ya pronostican la llegada de conceptos económicos olvidados como el de “estanflación”. Un escenario realmente complejo de combatir, pues las políticas expansivas que realzan el crecimiento alimentan la inflación, mientras que las restrictivas que combaten la inflación, frenan el crecimiento por la restricción del crédito.

Todo este escenario que se plantea es un escenario muy peligroso. El covid ha centrado, y lleva centrando la atención de todo el mundo unos dos años, desviando el foco de otros problemas que, siendo menos escuchados, se han ido sucediendo, a la vez que se han ido silenciando los existentes.

En otras palabras, América Latina, antes del COVID, ya presentaba una situación complicada en muchos aspectos, así como numerosas reformas que enfrentar en los próximos años. La inversión extranjera dejaba de fluir hacia el continente, en tanto en cuanto iba perdiendo atractivo por diversos factores, entre los que destacan desajustes estructurales muy profundos, así como fenómenos que, como la corrupción, siguen lastrando el desarrollo del territorio. Pues, pese a recuperar el nivel previo a la pandemia, así como la tendencia de la que nos desviamos cuando llegó el cierre, el nivel previo estaba lejos de ser el idílico.

En lo que respecta a este último problema, el de la corrupción, debemos saber que sigue siendo uno de los grandes problemas que enfrentan numerosos territorios en el país. Pero, en las últimas horas, un discurso del presidente Biden, así como otro de la vicepresidenta Kamala Harris, suscitan la posibilidad de un nuevo paquete de estímulos y ayudas que, nuevamente, vayan destinadas a combatir la corrupción en los territorios del continente. Sin duda, unas ayudas que, bien aprovechadas, podrían ser muy beneficiosas para todos estos territorios.

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Y es que lo bueno de estas ayudas es que no necesariamente deben destinarse a combatir la corrupción, pero ese aumento de la inversión para combatir, especialmente, la migración irregular, atendiendo al discurso de Harris, podría ser más efectivo si se supeditase a indicadores de corrupción y la consecuente mejora exigida para recibir dicha dotación económica. Pese a que hablamos de una simple idea, no debemos subestimar una política que podría incentivar el combate contra la corrupción; por lo que, pese a que podamos pensar que es una política restrictiva, hablamos de una política que, de funcionar, mejoraría sustancialmente una situación que frena notablemente el desarrollo de la región, hoy en peligro.

Hace poco, en Forbes Colombia hablaba sobre la idea de Duque de supeditar la financiación a indicadores relacionados con el combate de la crisis climática, una idea complicada, pero prometedora. Esta idea va en esta línea.