Desde hace ya muchos años, Latinoamérica es una región emergente que acapara la atención de un sinfín de inversores, debido al atractivo que esta región posee y ofrece a estos. Su gran potencial, por las ventajas que este continente ofrece a las empresas, sus riquezas naturales, como puede ser la cantidad de materias primas de las que disponen estos territorios, entre otros factores han hecho que esta región, con el paso de los años, se haya convertido en un foco de atracción de capitales, provenientes de inversiones extranjeras que acaban materializando el crecimiento y el desarrollo que esta región ha experimentado desde hace siglos.

Y es que fue la inversión extranjera, entre otros factores, la que ha permitido que estas economías, en tiempos pasados, crecieran a un ritmo superior a los dos dígitos. Estamos hablando de una tasa de crecimiento que, de media, rozaban el 14% durante el siglo pasado en la región. Pero es que no hace falta remontarnos al pasado para darnos cuenta de los beneficios de esta inversión para las economías. Pues basta mirar a México, así como a esa relación con los Estados Unidos, para darnos cuenta de cómo una economía, sin ofrecer siquiera una respuesta fiscal aceptable durante la pandemia, se recupera y ya crece a ritmos que, de acuerdo con los expertos, podrían superar el 7% a final de año.

La inversión en Latinoamérica, como podemos observar en todos los estudios al respecto, ha sido determinante para impulsar estas economías. Pues, pese a que la contabilidad nacional nos lleve a registrar estos flujos de capital de otra forma, la realidad es que no es menos cierto que esas subvenciones, ayudas, financiación, así como todo el capital proveniente de economías desarrolladas para impulsar el crecimiento de la región, en cierta forma, es inversión. Por lo que, si consideramos este capital como inversión, hablamos de una inversión vital para la supervivencia de la región.

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Sin embargo, atendiendo exclusivamente a la inversión, técnicamente hablando, lo cierto es que esta, con el paso de los años, ha ido reduciéndose en Latinoamérica, en tanto en cuanto se incrementaban los flujos hacia otras economías emergentes de Asia, muy atractivas para los inversores. Esto mismo lo comunicaba la CEPAL recientemente, Desde el año 2013, precisamente el año en el que comenzábamos a salir de la Gran Recesión de 2008, la inversión extranjera que llegaba a la región no ha dejado de reducirse. lo que, de paso, ha dejado en evidencia la relación entre los flujos de IED y los ciclos de precios de las materias primas, principalmente en el continente.

Sin embargo, la crisis sanitaria que hoy vivimos agudiza esta situación mencionada. Pues, en un contexto de excepcional incertidumbre generada por la pandemia del COVID-19, América Latina y el Caribe recibió cerca de 105.480 millones de dólares en los relativo a flujos de inversión extranjera directa durante el ejercicio 2020, un 34,7% menos que en el año 2019, así como un 51% menos que el récord histórico alcanzado durante el año 2012. Siendo también el monto más bajo desde el año 2010, de acuerdo con los datos que publica la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL) en su estudio anual La Inversión Extranjera Directa en América Latina y el Caribe.

En cierta forma, podríamos justificar la caída de este año, del 34,7%, si tenemos en cuenta que, a nivel mundial, los montos de inversión extranjera directa (IED) se redujeron un 35% en el mismo ejercicio. Pero ello no quita que, en años anteriores, esta descendía a un 20%.

Y es que, relacionando esto nuevamente con el crecimiento de la región, podemos señalar que, desde la crisis de 2008, precisamente la que intensifica los descensos cosechados en la IED, las economías de América Latina también han moderado notablemente su crecimiento. La Gran Recesión impactó de lleno en estas economías, provocando que esas economías, que habían estado creciendo a un ritmo aproximado del 14%, comenzaran a crecer a un ritmo cercano al 7%. Ese crecimiento de las economías emergentes, que se distanciaba en hasta 4,5 puntos porcentuales del registrado por las economías desarrolladas, pasó a distanciarse en tan solo 0,38 puntos porcentuales.

Una situación preocupante, pues atendiendo a esos objetivos de convergencia que tanto persigue la región, esta moderación en los crecimientos podría retrasar la convergencia entre economías desarrolladas y emergentes de manera indefinida.

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Así, pese a los populares teoremas que integra la economía internacional, pese al crowding out que supone la inversión extranjera en algunos casos, así como otros fenómenos que tratan de atribuir a esta inversión, lo cierto es que esta inversión presenta una relación –quedaría por ver que tan causal– con el crecimiento y el desarrollo de la región. Por lo que, de seguir descendiendo, como desciende, la inversión privada, y en mayor medida, la inversión pública, la inversión extranjera es una prioridad para una región que la ve cada vez más lejos.