Desde hace escasos años, las relaciones comerciales entre las dos principales economías en el mundo: China y Estados Unidos, no atraviesan su mejor momento. Desde el estallido de la guerra comercial, muchos son los problemas que de este suceso se han ido derivando a la economía. Desde una ralentización del comercio global hasta la imposición de aranceles para incrementar el proteccionismo ante semejante escenario, la economía se ha fragmentado en dos, y el mundo se debate ante la elección de un bando para competir en los mercados internacionales y en esa carrera por ser la primera economía del mundo.

Así, hablamos de un escenario bastante incierto y complicado. La Organización Mundial del Comercio (por sus siglas en español, OMC), ante semejante escenario, revisó a la baja sus proyecciones relativas al comercio mundial de mercancías, situando el barómetro en un nivel preocupante, pese a que hablamos de un sector al que no ha frenado ni la pandemia. Y es que debemos saber que semejante choque de trenes, como era de esperar, esto debía tener sus efectos en la economía y, más concretamente, en los mercados; pues hablamos de una guerra entre el mayor comprador y el mayor productor de todo el planeta.

Sin embargo, centrándonos en el asunto que vengo a comentar esta semana, el estallido de la guerra comercial, de facto, provocó que estas dos economías tuvieran que salir en la búsqueda de nuevos socios comerciales en los que apoyarse. En el caso de Estados Unidos, México fue la respuesta. El país azteca, desde la crisis comercial, se ha convertido en el principal socio comercial del país norteamericano. Desde el estallido de la guerra y la posterior crisis, el volumen de mercancías que mueve el T-MEC se ha disparado, disparando la dependencia de México del comercio exterior hasta superar el 80% de su PIB.

De la misma forma, China, junto a numerosas economías asiáticas, puso en marcha un proyecto para liderar y controlar una gran porción del comercio de mercancías y servicios a nivel global. En este sentido, puso en marcha la Nueva Ruta de la Seda. Una ruta comercial, inspirada en la histórica ruta comercial asiática, conocida como Ruta de la Seda. En números, hablamos de un acuerdo que acapararía el 28% del comercio mundial, pudiendo absorber una cuota superior en los próximos años. A la vez que, de la misma forma, hablamos de un PIB combinado que acapararía el 30% del PIB mundial. En resumen, el mayor tratado comercial de la historia.

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Dada la situación, la confrontación entre estas dos economías obligó a estas a separarse. Pero debemos saber que esta guerra comercial, con el paso del tiempo, lejos de solucionarse, se ha agravado antes semejantes planes. Pues, junto a esto que comentamos, debemos sumarle la situación vivida posteriormente con el COVID, en la que dichas relaciones sufrieron más aún. Pues la llegada del virus no solo provocó el rechazo de un Gobierno norteamericano que acusaba a China de la pandemia, sino que, de la misma forma, activó una corriente más proteccionista aún, basándose para ello en los cortes en los suministros y los cuellos de botella derivados de la crisis pandémica. En otras palabras, el COVID alimentó, todavía más, dicho conflicto.

Pero junto a esto, la tendencia que muestran ambas economías en lo relativo a la recuperación económica ha puesto más nerviosos aún a unos mandatarios que, como hemos visto a lo largo del artículo, ya estaban lo suficientemente nerviosos. En esta línea, la desaceleración económica que vive la economía estadounidense, sumada a una desaceleración más intensa de la economía china, está provocando que estos países redoblen su apuesta por poner en marcha esos nuevos acuerdos de comercio, los cuales les permitan retomar su poder y el combate en los mercados internacionales, y ello, de la mano de nuevos socios.

Por ello, el mundo se enfrenta a un nuevo escenario, en el que dos economías de gran magnitud se encuentran en la búsqueda de socios con los que impulsar sus nuevas estrategias en materia de comercio exterior. Pero ello no quita que hablemos de una decisión de una importancia muy destacada. Pues debemos saber que muchas de las economías de la región dependen del comercio exterior que, entre ellas, se produce. Y estas economías que hoy están enfrentadas ya se encuentran en Latinoamérica, buscando socios con los que aliarse. Una situación que, pese a que en teoría debería ser beneficiosa, podría acabar perjudicando únicamente a la región.

México, por ejemplo, mantiene esos acuerdos con Estados Unidos. Pero otras economías de América Latina, entre las que podemos destacar a Venezuela, han comenzado a entablar conversaciones con un Gobierno chino al que le interesan mucho estas economías emergentes. Ahora bien, si estas economías siguen con su guerra comercial, las condiciones impuestas por estas economías para batir a su enemigo podrían acabar afectando a unas relaciones muy beneficiosas para las economías de América Latina. Pues hablamos de una región muy activa entre sí, pero que podría comenzar a fraccionarse en esta nueva tesitura.

Por tanto, debemos tener esto presente a la hora de definir la estrategia por parte de las economías de la región. Pues lo que podría ser una oportunidad enorme para América Latina, como puede ser el hecho de sumarse a grandes tratados comerciales que impulsen el desarrollo de estas economías, podría ser la mayor amenaza para una región que, debido a este conflicto y las necesidades de sumarse a estos tratados, podría haber iniciado su ruptura.

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