Por Thelma López

La pandemia de Covid-19, evidenció el desafío que tiene la agroindustria centroamericana de adoptar tecnologías de producción y disminuir la brecha digital entre los grandes productores y los agricultores de subsistencia, que componen el 70% del sector, según datos de la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL).

Durante 2020, la agroindustria representó 17,000 millones de dólares (mdd) en exportaciones, de acuerdo con cifras de la CEPAL, y alcanzó en promedio un 12% del Producto Interno Bruto (PIB) de los países de Centroamérica, además de generar alrededor del 30% del empleo de la región, según estadísticas de la Federación Centroamericana del Agro (Fecagro).

El sector demostró resiliencia a la pandemia y tuvo un crecimiento que, aunque menor a años anteriores fue sostenido, incluso durante los meses más agudos de la crisis sanitaria.

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Los datos de Fecagro revelan que los agroindustriales crecieron 5.7% durante 2020, en comparación con 2019.

“El sector fue considerado esencial en todos los países de la región y tuvo poca afectación en términos de sus operaciones, aunado a un aumento en el consumo de productos que produce la región. Los costos de nuestras mate- rias primas sí tuvieron un impacto que estamos viendo en 2021”, dice Nils Leporowski, presidente de Fecagro. La Federación afirma que el costo de las importaciones ha tenido un incremento que oscila entre 30% y 40%, que deviene en mayores costos de producción: “El precio de un contenedor para llevar nuestros pro- ductos a Europa rondaba los 3,000 dólares en 2019, ese mismo precio ahora se ubica en unos 15,000 dólares”, argumenta Leporowski.

Además de un incremento en los costos, la pandemia también agudizó desafíos históricos de un sector que se caracteriza por combinar dos realidades: los grandes productores y los agricultores de subsistencia.

Por una parte, existe un sistema agroexportador eficiente y técnico. Por ejemplo, Guatemala cuenta con una producción sofisticada de palma africana, azúcar, caucho y hule; en Honduras existen agricultura sofisticada para la producción de melón, y Costa Rica es líder en exportación de piña con altos estándares de calidad.

En contraste, se encuentran los pequeños agricultores que se enfocan en granos como el maíz y el frijol, y cuyos rendimientos y tecnificación son bajos. “La incorporación de ambas realidades a la cadena de valor es un desafío que es independiente de la pandemia. Hay industrias como la de la leche donde esto es evidente. Exis- ten productores que procesan leche

con materia prima importada fuera de la región, cuando tenemos producto- res locales prácticamente en todos los países, el reto es que esos pequeños productores se sumen a la cadena”, explica Erick Rojas, coordinador regional para Centroamérica del Ins- tituto Interamericano de Cooperación para la Agricultura (IICA).

La vinculación de los productores a los canales de valor agregado que están operando en la región podría generar nuevas oportunidades. En Costa Rica, el sector cafetalero es un caso de éxito de incorporación a nichos de valor, a través del concepto de “micro beneficios”, los productores nacionales incursionan en sectores donde la grandes empresas no están, como el café de especialidad.

Cooperación contra altos costos de producción

Este producto es el segmento de más rápido crecimiento en el mercado cafetero europeo, en especial en naciones como Polonia, República Checa, Hungría y Rumania.

Para encontrar esos puntos de conexión, la cooperación entre los distintos actores es clave. En la actualidad, las cadenas de producción, suministro y logística centroamericanas funcionan como silos, agricultores, comerciantes y minoristas que realizan estrategias por separado, lo cual tiene un impacto en el valor final del producto: “Hay que establecer un canal de logística, eso significa entender los retos de cada uno y la cooperación de todos”, dice Omar Samayoa, especialista senior de Cambio Climático del Banco Interamericano de Desarrollo (BID).

Tecnología para el agro

Por otro lado, la digitalización agroindustrial es baja, en comparación con otros sectores, ya que sufre un rezago en la adopción de tecnologías en los procesos productivos, comerciales y administrativos, lo cual ocasiona baja rentabilidad del capital, poca trazabilidad en sus cadenas y una oferta limitada hacia los mercados internacionales.

A pesar de que no existen datos de adopción tecnológica en Cen- troamérica, el estudio Conectividad rural en América Latina y el Caribe, realizado en conjunto por el IICA, el BID y Microsoft demostró que la brecha urbano-rural en conectividad promedia 34.2% en la región.

Países como Honduras obtienen niveles bajos de conectividad rural con apenas un 19.2% de penetración, mientras que Costa Rica está en el otro extremo, con un porcentaje alto de 43.2%.

Si se toma en cuenta que en las zonas rurales es donde se ubican la mayoría de los agricultores, el acceso a internet es un paso claro en la estra- tegia de crecimiento. “El sector tiene una relación diferente con la tecnolo- gía, hay bajos niveles de escolaridad y una baja alfabetización digital. La falta de comprensión de la tecnología impide la adopción de aspectos básicos del negocio como sistemas contables y financieros y complica los procesos de transformación digital”, explica Mariana Vasconcelos, fundadora de Agrosmart, software agrícola de ges- tión creado para agricultores.

En este contexto, la asesoría técnica es una ruta a seguir, de manera que el acercamiento a la tecnología a través de la política pública produzca circuitos cortos en donde los productores inicien un proceso de aprendizaje.

La pandemia dejó como resultado la implementación de herramientas virtuales para la comercialización, lo cual ayuda a aumentar el margen del productor, pero el siguiente paso tiene que ser su implementación en los procesos de producción.

Entre drones e inteligencia artifical

“Hay algunas iniciativas que están fomentando el uso de tecnologías como drones para identificar las áreas de cultivos que tienen problemas, plagas o deficiencia nutricional”, explica Mariana Vasconcelos.

Otra herramienta que se ha implementado en sectores como el azucarero y la ganadería es el uso de sensores de temperatura, incluso se han desarrollado estaciones meteorológicas de bajo costo que oscilan entre 200 y 400 dólares y arrojan variables climáticas como precipitación y temperatura para mejorar rendimientos.

La tecnología también puede

Ser un aliado para contrarrestar los impactos que el cambio climático ha tenido en el istmo, en temas como los regímenes de lluvias, los nutrientes de los suelos en las distintas regiones del país, la utilización de nitrógeno y agua, el comportamiento de cultivos, semillas, fertilizantes, o la creación de modelos de plagas.

Algunas de estas tecnologías podrían permitir crear modelos de clima en tiempo real, así como la predicción de epidemias: “Recopilamos datos de sensores y los combinamos con otras fuentes para ayudar a los agricultores con la irrigación que es parte fundamental de enfrentar el cambio climático”, comparte la fundadora de Agrosmart.

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Lo anterior, “nos permite medir el impacto de las emisiones de carbono, y con base en esos datos les ayudamos a mitigar el riesgo y hacer los produc- tos más atractivos para mercados que demandan esa responsabilidad de los productos”, explica.

La región ya tiene alcance a herramientas digitales para profundizar el conocimiento y facilitar la predicción, por ejemplo: inteligencia artificial, genómica, biotecnología, GPS, realidad virtual. Todo ello, podría mejorar la resiliencia del sector al impacto de los recurrentes fenómenos ambientales. Para lograr ese beneficio, los expertos afirman que el enfoque y coordinación de las instituciones.