Por Ramón Márquez Vega

¿Constituyen las caravanas de migrantes un serio desafío a las políticas migratorias de los Estados de la región? Dependiendo de a quién le preguntáramos y de su conocimiento del tema, obtendríamos diferentes visiones al respecto. Pero si partamos de una realidad objetiva, estas siempre se han acentuado en períodos de grandes flujos migratorios acompañados de mayor contención, blindaje y militarización de fronteras.

En contra de lo que muchas veces se piensa, las caravanas de migrantes que buscan atravesar México no iniciaron a finales de 2017 o principios de 2018, cuando si tomaron una notoria visibilidad en los medios de comunicación y en la sociedad en general. No me atrevería a decir cuando comenzaron. Pero si puedo atestiguar, hace ya casi 8 años, de la primera caravana que acompañé desde Tenosique, Tabasco, en la Semana Santa de 2014, el “Viacrucis Migrante”.

Ante la negativa del gobierno mexicano de permitir que un grupo de personas migrantes, acompañado por medios, activistas y sociedad civil, tomaran “La Bestia” como acción de protesta para desplazarse de Tenosique a Palenque, un numeroso grupo aproximadamente 400 personas decidieron en Asamblea iniciar su travesía a pie, desafiando al sistema, despertando admiración y solidaridad a su paso, y que culminó con la llegada a Ciudad de México de más de 1,200 personas migrantes.

Esta acción de reivindicación política por un tránsito libre, digno y libre de violencia garantizó que las personas integrantes de la caravana obtuvieran en del Estado mexicano una regularización migratoria colectiva por razones humanitaria. Guardo de aquel momento numerosas memorias de solidaridad y fraternidad tanto dentro del grupo como de las comunidades que les brindaban ayuda humanitaria en su camino.

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Desde entonces y hasta la fecha hemos sido testigos de numerosos intentos por cruzar México de manera colectiva, siempre bajo unos patrones comunes: búsqueda de un tránsito seguro y libre de violencia por el país (no olvidemos el histórico de secuestros, violencia sexual o masacres contra personas migrantes); intento de no recurrir a redes transnacionales de tráfico de personas para alcanzar su destino final; o visibilizar las complejas situaciones que padecen en sus países de origen, y que les fuerzan a abandonar sus hogares y familias.

Los Estados de la región posiblemente vieron en el fenómeno de las caravanas un acto contestario de insurgencia y rebeldía frente a sus políticas migratorias carentes de enfoques humanitarios, de protección y de derechos. Las caravanas se instrumentalizaron en ocasiones con fines políticos y partidistas para justificar políticas migratorias represivas de contención. También sirvieron para presentar una visión distorsionada y criminalizadora de la migración ante la sociedad, que eludía poner el foco en la dimensión humana y en las causas del fenómeno.

Cerramos 2021 como el año con mayor flujo migratorio en lo que va de siglo en México – Estados Unidos, con la pandemia causando aún estragos en las economías de Latinoamérica. Y encaramos un nuevo año en el que previsiblemente se incrementará más aún el desplazamiento de seres humanos en búsqueda de protección y de una vida digna. Sin duda se formarán nuevas caravanas como una respuesta desafiante y contestaria frente a las políticas migratorias inhumanas que imperan a nivel mundial. Como sociedad nos tocará decidir entonces hacía que lado de la balanza nos inclinamos, hacia el de la intransigencia o hacia el de la solidaridad.

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*El autor es Coordinador de migración de Ayuda en Acción México

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