La directora Tatiana Huezo está de pie. Recibe una ovación de diez minutos en la Sala Debussy, luego del estreno de su primer largometraje de ciencia ficción, Noche de fuego, en el Festival de Cannes. Como un augurio, la ovación da la vuelta al mundo y es el inicio de la acumulación de numerosos reconocimientos, incluyendo ser considerada la mejor película de Horizontes Latinos en el Festival de Cine de San Sebastián y obtener Mejor Dirección en el Festival Internacional de Cine de Estocolmo. En octubre, la Academia de Artes y Ciencias Cinematográficas la eligió para representar a México en los premios Oscar y competir como Mejor Película Extranjera.

En enero de 2022 y en la antesala al Oscar se ha granjeado ya el premio a Mejor Película Internacional y el Premio Iberoamericano en el Festival de Cine de Palm Springs, y ya está nominada por el Directors Guild of America para la categoría de Logro Destacado en Dirección de Ópera Prima de Ficción.

Tatiana Huezo, directora y guionista del filme producido por Nicolás Celis, no ha parado de viajar para promocionar la película desde su estreno en Cannes, y de forma paralela, en noviembre, Noche de fuego tuvo su estreno en la plataforma de streaming Netflix.

De origen salvadoreño y nacionalidad mexicana, la documentalista que se estrena con honores en la ficción con Noche de fuego comparte: “Deseo que esta película llegue a muchos públicos, que provoque mirarnos, cuestionarnos hasta dónde nuestra inmovilidad, nuestro silencio, es cómplice o ha sido parte del caldo de cultivo para que estos monstruos continúen existiendo”, dice la cineasta en referencia a la violencia, el narcotráfico, pero también a otros temas que han ocupado su atención como documentalista: la Guerra Civil Salvadoreña, la impunidad y la desaparición de personas.

En unos minutos sintetiza su quehacer desde 1997, cuando rodó su primer corto, Tiempo Acústico: “Trabajar con la realidad me ha dado un instinto que ha permeado luego mis otros trabajos, que ha permeado de una forma importante esta nueva película que es mi primera ficción. El instinto de trabajar con la realidad fue siempre mi brújula… Una de las fortalezas que tiene mi trabajo es haber crecido en este medio observando la vida, que es lo que hacemos los documentalistas”, agrega la directora.

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Tatiana llegó a México a los cuatro años de edad, a causa de la Guerra Civil en El Salvador, razón por la que también debió separarse de su padre. Su primer documental, El lugar más pequeño (2011), aborda el tema: “Para mí era muy importante aproximarme a esta historia porque era la forma que yo tenía de ir a visitar ese lugar en el que yo nací y en el que no crecí. Yo tenía una enorme necesidad de entender qué significa la guerra en la vida de un ser humano, en mi familia hay muertos y desaparecidos, Era un encuentro con esa identidad salvadoreña y con esta violencia que yo viví desde lejos, desde México, y el cine te da esa oportunidad de poder ir, rascar, explorar, hacer preguntas”.

Y agrega: “el documental se trata de intentar entender al otro, caminar en sus zapatos. Por eso, cuando de repente una historia llega a mis manos me siento implicada, siento que son temas que no están resueltos y hay que seguir hablando de ellos”.

Pero para que no haya confusiones aclara tajante: “Yo no me hice cineasta para hablar de la violencia. Sin embargo, pienso que el tiempo que me tocó vivir es este, y que de alguna manera, inevitablemente ha marcado mi obra,  mis historias, como contadora de historias que soy, y yo no he podido darle la espalda a eso”.

Egresada del Centro de Capacitación Cinematográfica y con un máster en la Universidad Pompeu Fabra de Barcelona, esta cineasta de 49 años también ha destacado con trabajos como Ausencias y Tempestad, que mereció en 2016 el Premio Fénix al Mejor Documental, otorgado por Cinema23.

Un singular punto de vista ha estado presente en diversos trabajos de Tatiana, el de la infancia, al respecto comparte: “La violencia no se ha contado desde ahí. Un niño tendría que ser libre, tendría que estar creciendo con una gran energía y alegría en medio de sus juegos, y nuestros niños están creciendo, mirando este monstruo oscuro que es la violencia y que ha permeado la vida de nuestros países en Latinoamérica en los últimos años”.

Ahora su mayor anhelo es seguir contando historias, y ya trabaja en un nuevo documental, El Eco, nombre de una comunidad en la sierra poblana de México. Aunque Centroamérica no está en sus planes inmediatos, confiesa sentirse inspirada por las producciones de los periodistas salvadoreños de El Faro, y expresa: “Siempre es una nostalgia para mí, como algo que siento lejos y a lo que de repente añoro mucho volver, tocar, sentir; hay tantas historias extraordinarias que contar… Me gusta mirar hacia allá”.

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