Por Erika D. Galván

Dar visibilidad a nuestro trabajo nos permite demostrar nuestras habilidades, conseguir asignaciones destacadas y construir relaciones estratégicas. Indudablemente, ser visto ayuda al desarrollo profesional, pero también pone en el reflector a las grandes creaciones. Entonces, ¿por qué resulta retador para muchas mujeres dejarse ver?

Desafortunadamente, cuando las mujeres intentamos hacernos más visibles podemos enfrentar reacciones violentas, ya que rompemos las expectativas sobre cómo debemos comportarnos y corremos el riesgo de perder los logros profesionales que tanto nos ha costado ganar, debido a los conflictos que esto puede generar. Esta es una de las limitantes para querer ser visibles.

Muchas mujeres han permanecido en la invisibilidad por supervivencia o porque no tuvieron ninguna opción. Afortunadamente para muchas, nuestro presente es muy distinto. Pero, ¿qué habría pasado si a esas extraordinarias mujeres se les hubiesen dado los recursos necesarios y el reconocimiento a sus estudios e investigaciones? ¿Hasta dónde podrían haber llegado?

A continuación, nombro a algunas “mujeres invisibles” que cambiaron el mundo desde el anonimato, como un reconocimiento a sus aportes en la ciencia y la tecnología.

Mary Anning (1799-1847)

Fue una paleontóloga inglesa que descubrió restos jurásicos en su ciudad natal de Lyme Regis, en los lechos marinos de la costera británica. Su trabajo científico contribuyó a que se dieran cambios fundamentales a principios del siglo XIX en la manera de entender la vida prehistórica y la historia de la Tierra. Por el hecho de ser mujer y por su baja clase social, se le impidió participar en la comunidad científica británica de principios de siglo XIX. Permaneció invisible y no fue citada en absoluto en sus contribuciones. De hecho, la asociación no admitió mujeres hasta más de medio siglo después de su muerte.

Ada Lovelace (1815-1852)

Matemática y escritora británica, pionera del siglo XIX a la que se le reconoce la creación de programas informáticos que anticiparon nuestra era digital. Trabajó con su amigo Charles Babbage, un inventor e ingeniero mecánico, en una propuesta para desarrollar una “máquina analítica”, la cual complementó Lovelace con un amplio conjunto de notas propias que contienen lo que se considera como el primer programa de ordenador.

Las notas de Lovelace son importantes en la historia de la computación. También desarrolló una visión de la capacidad de las computadoras para ir más allá del mero cálculo o el cálculo de números; sin embargo, para muchos historiadores este hecho fue invisible y reconocen este mérito a Babbage. En un artículo publicado en 1843, Lovelace habló de un futuro en el que máquinas programables serían indispensables para el progreso de la ciencia y que incluso podrían crear arte y música.

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Esther Lederberg (1922 – 2006)

Fue una bióloga molecular nacida en Nueva York. Lideró importantes investigaciones en el campo de la genética por más de 50 años, las cuales abrieron la puerta a descubrimientos fundamentales en la genética de los microorganismos. Desarrolló técnicas básicas que se perfeccionaron más tarde y contribuyeron al entendimiento de cómo funcionan los genes. Desafortunadamente, la mayoría de esta impresionante labor se ha atribuido a su esposo, quien alcanzaría gran renombre. Su trabajo ayudó a su esposo, Joshua, a ganar un premio Nobel en 1958.

Rosalind Franklin (1920 – 1958)

Biofísica británica y judía, fue pionera en cristalografía de rayos X. En 1941, se graduó en química y física. En 1942, y en plena Guerra Mundial, desarrolló investigaciones sobre la utilización del carbón, lo cual ayudó al esfuerzo de guerra. Aprendió la técnica de difracción de rayos X, convirtiéndose en experta de dicha técnica a nivel mundial y la cual aplicaría, pocos años más tarde, a la molécula del ADN, obteniendo imágenes de su estructura con una nitidez que nadie había conseguido antes.

Estas imágenes, además de datos extraídos de una conferencia impartida por Rosalind Franklin para exponer los resultados de sus investigaciones, fueron utilizadas por sus colegas Watson y Crick para publicar un artículo sobre la estructura del ADN. Franklin falleció en 1958, cuatro años antes de que Watson y Crick recibieran el Premio Nobel en Fisiología por el trabajo de esta extraordinaria mujer, quien hizo visible a nuestros ojos la primera imagen de la estructura del ADN, pero cuyo mérito se mantuvo en la invisibilidad por muchos años.

Todos tenemos la capacidad de crear y desarrollar nuevas formas de pensamiento, procesos e innovaciones. Apoyar la diversidad de género multiplica estas capacidades. Las mujeres no solo debemos permitir que nuestras contribuciones sean vistas, sino que debemos reconocer las de otras mujeres y sumarlas a los objetivos comunes. El avance lo hacemos todos, siempre que empujemos la misma dirección.

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*La autora es experta en planeación estratégica, comunicación corporativa, capital humano, tecnología, innovación y liderazgo.

Las opiniones expresadas son sólo responsabilidad de sus autores y son completamente independientes de la postura y la línea editorial de Forbes Centroamérica.