Por Jaime García Gómez

Una de las democracias más consolidadas y funcionales de América Latina sale a votar en segunda ronda. Todo se decide entre un candidato antisistema, un candidato que ya fue presidente, y un abstencionismo que parece ser el verdadero ganador.

En los últimos años, distintos estudios internacionales han alertado sobre un deterioro de las democracias de América Latina. Destacándose solamente Costa Rica y Uruguay como regímenes democráticos consolidados. Sobresaliendo por la calidad y transparencia de sus procesos electorales, la competencia partidista, el respeto a las libertades civiles, la cultura política, y la participación ciudadana.

Sin embargo, para el caso de Costa Rica, en medio de un proceso electoral presidencial, se tendrán que revisar algunos pilares de su funcionamiento democrático. Esto a pesar de que se ha tenido un proceso electoral ordenado y transparente en la primera ronda de las elecciones, aún con un número atípico de 25 candidatos presidenciales. Y es que se ha fallado en la participación y en la cultura política.

En la primera ronda, se tuvo un abstencionismo de 40.29%, el más alto en los últimos 60 años. Mientras que en la segunda ronda, han dominado los mensajes de descalificación personal, noticias falsas, verdades alternativas, mensajes populistas y pocas ideas. El ambiente electoral se mueve entre la apatía y la confrontación; dentro de un contexto afectado por la crisis económica y social de la pandemia, y un país que requiere soluciones.

LOS QUE COMPITEN

Cuando se analizan los resultados de este proceso electoral llama la atención que un candidato prácticamente desconocido, Rodrigo Chaves, alcanzó el 16.7% de votos en la primera ronda. Obteniendo la mayoría de sus votos en los cantones urbanos de Alajuela y San José, y rurales-urbanos como San Carlos y San Ramón. Esto es un logro si se considera que estuvo fuera del país por 30 años, que trabajó como Ministro de Hacienda en la presente administración sólo por 7 meses, y que su partido, el Partido Progreso Social Democrático (PPSD) se fundó en el 2018.

La estrategia principal de Chaves ha sido la de diferenciarse de los grupos tradicionales de políticos con el apoyo de la experiodista y ahora diputada electa, Pilar Cisneros. Posicionando el mensaje de “ellos los políticos corruptos” contra “nosotros los que no somos políticos”, junto con el objetivo de “volver a hacer de Costa Rica el país más feliz del mundo”. Un mensaje donde se coloca a la política tradicional como la raíz de los problemas del país.

Y la estrategia está funcionando, pues ahora en la segunda ronda, es el candidato que va liderando la intención de voto, por más de tres puntos porcentuales en promedio entre las principales encuestas. A pesar de diferentes escándalos respecto al financiamiento del partido, y a sus sanciones por acoso sexual cuando era funcionario del Banco Mundial.

El otro candidato es José María Figueres Olsen, presidente de Costa Rica de 1994 a 1998, hijo de otro expresidente de Costa Rica, y uno de los políticos más conocidos del país. Es candidato del Partido Liberación Nacional (PLN), partido que se fundó en 1951, y que nueve veces ha sido el partido ganador en las elecciones presidenciales, la última en 2010 con Laura Chinchilla como candidata. Aunque en las elecciones del 2018 no llegó a segunda ronda. Un partido y un candidato que representan el sistema político nacional.

En la primera ronda estuvieron liderando la intención de voto en prácticamente todas las encuestas a nivel nacional, y al final obtuvieron el 27.26% de los votos. Ganando en 64 de los 82 cantones del país. Siendo los cantones urbanos de San José, Alajuela y Desamparados las principales fuentes de sus votos. Sacando ventajas absolutas respecto al PPSD en todos los cantones salvo en el occidente rural-urbano de San Carlos, San Ramón, Montes de Oro y Atenas.

El mensaje principal del candidato Figueres ha sido la experiencia para resolver en tiempos de crisis y su capacidad para implementar. Ha intentado posicionar que la crisis de Costa Rica se produjo por elegir gobiernos inexpertos. Sin embargo, las encuestas muestran que el PLN está por detrás de la intención del voto; esto por que aunque Figueres es muy conocido, también es el candidato con mayor percepción negativa, producto de escándalos de corrupción desde sus tiempos en la presidencia.

LO QUE ESTÁ EN JUEGO

Pero estos candidatos se enfrentan a algo más. En primera instancia, el 3 de abril tendrán que lidiar, gane quien gane, con un electorado desencantado de un sistema político que no resuelve sus problemas. La mayor parte del abstencionismo viene de los cantones costeros y fronterizos, donde se alcanzaron niveles superiores al 50%, y que son también los cantones con peores condiciones económicas y sociales. La participación electoral es un factor de salud democrática, y hoy la democracia tica no está bien.

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Al mismo tiempo, el ganador tendrá a un país dividido, pues 6 de cada 10 votantes escogieron a otro candidato en primera ronda. Además, tendrán que construir alianzas y plataformas de colaboración con la Asamblea Legislativa. Pero también con otras fuerzas de la sociedad costarricense para poder implementar los cambios estructurales que requiere el país con el fin de mejorar su competitividad y capacidad de generar bienestar colectivo en el corto plazo.

Y hay que ser enfáticos con el corto plazo, pues el país se ha mantenido constantemente desde hace 5 años con los máyores niveles de desempleo de los últimos 30 años, incluso antes de la pandemia. Un desempleo que afecta a jóvenes y mujeres principalmente, poniéndolos en riesgo de pobreza o de “emplearse” con el narcotráfico. Además, se deben de atender los incendios producidos por la pandemia, como la crisis educativa, o el desgaste del sistema de salud. Todo esto en medio de un entorno internacional complicado e incierto.

Finalmente, dentro de la peor crisis económica y social de las últimas décadas, estas elecciones presidenciales serán recordadas como un episodio de pocas propuestas, alta confrontación, y un creciente deterioro en la participación y cultura política del país. Además, el nuevo gobierno no tendrá mucho margen de maniobra para equivocarse, fallar implica un aumento en el desencanto por la democracia; y para un país que ha tenido a la democracia como uno de sus valores agregados, este puede ser un resultado donde al final todos pierdan.

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*El autor es Director del Índice de Progreso Social en INCAE Business School, economista.

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