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Por Paulo De León*
La guerra Rusia-Ucrania aparece dentro un marco económico muy específico. Tras la crisis del Covid, los gobiernos del  llamado Primer Mundo empezaron un estímulo fiscal sin precedentes en la historia del ser humano moderno. Algunos cálculos hablan de que los paquetes fueron incluso del mismo tamaño a lo que se gastó en la Segunda Guerra Mundial.

Para financiar esos paquetes los bancos centrales, en especial la Reserva Federal de Estados Unidos, en su posición de moneda del mundo, imprimieron trillones de dólares. Desde  que inicio la pandemia a la fecha, la Fed ha impreso cerca de 6 trillones de dólares destinados a comprar bonos del Tesoro en una buena parte. Similar actuación fue la del Banco Central Europeo, el de Japón, China a Inglaterra. En total, cerca de 15 trillones de dinero recién impreso y sin respaldo inundaron el mundo.

Cuando se pone a funcionar la maquinita de imprimir dinero, se produce inflación, la cual empieza a ser notoria desde hace exactamente un año, y es impulsada por dos eventos adicionales independientes de la inyección de dinero antes descrita: la crisis de logística y la crisis energética europea.

Si ya dicho escenario representaba la repetición de los años setenta, cuando se inventa la palabra estanflación como concepto económico, la guerra Rusia-Ucrania le da dos tintes adicionales para asemejarse aún más.

En los setenta se produjo un shock de petróleo y había guerra en Irán e Israel. Esta vez, ya tenemos el shock de petróleo con precios disparados por encima de 100 dólares por barril y una guerra, sólo que esta vez involucra a una potencia nuclear, como lo es Rusia.

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La crisis puede impactar a Centroamérica directamente por tres vías:  El canal de precios es el más importante, el disparo de los costos de energía, granos, aceites y fertilizantes golpeará a todos los países de la región.

El impacto en su canal comercial es más limitado. Una porción muy pequeña de exportaciones e importaciones se tienen con los países en guerra; no llega a ser ni el 1% del flujo total. El canal financiero sí puede afectar directamente, y en particular a los países endeudados o con crisis fiscal como El Salvador y Costa Rica. Los mercados han empezado a subir el premio por riesgo para los niveles de clasificación de riesgo debajo de una nota BBB.

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También existe un impacto indirecto que afectará a la región ,y es que la crisis seguramente moverá el crecimiento mundial a la baja, es decir, profundizará la desaceleración económica en Europa, Asia y Estados Unidos, tarde o temprano ese impacto se sentirá en nuestros países.

El conflicto bélico en Europa de Este es negativo para la región centroamericana. Los impactos se sentirán en todos los países, aunque su magnitud dependerá de tres factores específicos a cada uno: la estructura macro, el porcentaje que pesan los commodities de exportación (también están subiendo en precio) y, por supuesto, las remesas. Estos tres elementos pueden servir como amortiguadores pero, sin duda alguna, los crecimientos esperados para el 2022 serán inferiores a los que se esperaba hace tan sólo dos meses.

*Director de inteligencia económica y financiera en Central American Business Intelligence (CABI) firma de consultoría en temas económicos y financieros en la región

Las opiniones expresadas son sólo responsabilidad de sus autores y son completamente independientes de la postura y la línea editorial de Forbes Centroamérica.