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La pasada semana, en relación con las previsiones emitidas por el Fondo Monetario Internacional (FMI) sobre la economía mundial, analizábamos el crecimiento previsto para las economías de América Latina durante los próximos ejercicios, así como el comportamiento de estas economías en una recuperación en la que las economías han mostrado un claro comportamiento asimétrico; avanzando unas a un determinado ritmo en tanto en cuanto otras se iban descolgando.

Y debemos señalar que, como dijimos en el artículo, las previsiones no eran del todo pesimistas. Mientras las economías desarrolladas reducían sustancialmente su previsión de crecimiento, las economías de América Latina, menos expuestas a determinados sucesos, incluso se fortalecían. En esta línea, mientras el organismo aplicaba una rebaja a la revisión, situándola en el 3,6% para el año 2022, las economías de América Latina veían más luces, pudiendo crecer a un ritmo cercano al 2,5% para este año; una décima más de lo que esperaba en enero, antes de que estallara el conflicto bélico entre Rusia y Ucrania.

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En otras palabras, el Fondo Monetario Internacional hacía público su pronóstico, haciendo referencia a unas economías desarrolladas más rezagadas, mientras las economías en desarrollo se reforzaban, acercándose a niveles muy similares ambos conjuntos. Y como dije, esto no quiere decir que nos alegremos, o que debamos celebrar el deterioro de las perspectivas en las economías europeas y, en esencia, en las desarrolladas, pero sí es pertinente celebrar el crecimiento de unas economías claramente más rezagadas en lo que a crecimiento y, en especial, desarrollo se refiere. 

Sin embargo, pese a lo citado anteriormente, las previsiones del FMI no han sido compartidas por todos los organismos económicos. La Organización de Naciones Unidas (ONU), por ejemplo, publicaba un informe en el que rebajaba el crecimiento económico para la zona de México y Centroamérica, cifrando el crecimiento previsto en el 2,1%. De acuerdo con esta, el panorama en Latinoamérica y el Caribe sigue siendo complicado. La guerra en Ucrania parece extenderse y, con ello, sus efectos podrían acabar trasladándose de manera más intensa a este tipo de economías. Pero ello, en adición a las crecientes presiones inflacionistas y la reducción del apoyo de la política macroeconómica, han acabo generando importantes vientos en contra de la recuperación de la región.

Y como la ONU, la CEPAL o el propio Banco Mundial son algunos de los organismos que, como la ONU, comparten ese mayor pesimismo ante el contexto vigente.

Todo ello, ha provocado que el Fondo Monetario Internacional (FMI), ante los distintos comunicados emitidos por otros organismos, revise nuevamente sus perspectivas, avisando de que estas podrían cambiar ante un escenario de excepcional incertidumbre como el actual. Y es que hay que decir que ese carácter transitorio de la inflación es cada día más difícil de justificar, lo que, sumado a lo ocurrido, nos ha llevado a presentar unos niveles de inflación que, en muchos territorios, supera los dos dígitos. Una situación que ha despertado a los bancos centrales, los cuales se ven en la obligación de iniciar una retirada de estímulos y, con ello, oxígeno a una economía que no termina de recuperarse.

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En otras palabras, el contexto ha empeorado, la inflación no remite, a la vez que los sucesos que se van dando en el entorno no favorecen la recuperación. Eso, sumado a las restricciones en China, entre otros fenómenos que vemos en nuestro día a día, nos ha llevado a una situación en la que las medidas aplicadas hasta el momento deben reorientarse, buscando soluciones a una serie de problemáticas que, no cesando, siguen deteriorando la capacidad de estas economías, en tanto en cuanto se erosionan los pronósticos y los organismos en la obligación de rebajar su optimismo.

Así, llegamos a un nuevo contexto, en el que los organismos se ven en la obligación de aplicar aquellos cambios para ajustar los pronósticos a la nueva realidad. Una realidad en la que las economías de América Latina parece que no crecerán tanto como se esperaba. Y pese a que hablamos de que hay economías de la región que prevén crecer a un ritmo cercano a los dos dígitos, alcanzando la recuperación este 2022, otras ven como esa recuperación tan necesaria no pretende llegar hasta pasado el año 2024. Pues basta señalar el caso de México para darnos cuenta de lo que digo, y cómo muchas previsiones se están rebajando sustancialmente.

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En conclusión, lo que trato de resaltar en este artículo es la excepcional incertidumbre de la que he ido avisando todos estos meses, y cómo esta no permite confeccionar estadísticas fiables como para confiar en ellas. El FMI, el Banco Mundial, entre otros organismos, no han sido capaces de prevenir, ni lo serán, los sucesos que, como la guerra, ponen contra las cuerdas a la economía. Por esta razón, y como digo siempre, es momento de trabajar, de aplicar reformas y, en esencia, de no caer en una autocomplacencia optimista que, a la hora de la verdad, condene a estas economías a otra década perdida.