Si tuviéramos que imaginarnos un hipotético e indeseable escenario de incertidumbre extrema, perfectamente podríamos imaginarnos el que hoy vivimos, y que hace unos meses era impensable para cualquier ciudadano civilizado. Como puede apreciarse en el contexto, a un virus que sacudió a todo el planeta con una pandemia que pasará a la historia le siguió un asalto talibán, un asalto al Capitolio de los Estados Unidos, una guerra en Europa entre Rusia y Ucrania, así como numerosos sucesos que, sin estar estrechamente ligados con la agenda económica, han acabado perturbando la situación, afectando gravemente a numerosas economías en el mundo.

La escasez derivada de la guerra en la Europa del Este, sumada al propio shock de oferta que ya vivíamos, ha agravado la situación, disparando la inflación hasta niveles insospechados. Situaciones que están en la agenda política, y que podían haberse evitado, han acabado interponiéndose en una recuperación que hoy sufre las consecuencias de todo ello. Los fenómenos no económicos que se han ido dando en el planeta, cual cisnes negros como diría Nassim Nicholas Taleb, han ido deteriorando el crecimiento económico de tal manera, que el FMI ha rebajado sustancialmente la previsión de crecimiento para los próximos meses, con la vista puesta en nuevas rebajas si la situación se sigue extendiendo.

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Sea como sea, nuestras acciones, en un momento de recuperación de una crisis histórica, han acabado perjudicando a la economía, y ello acaba trasladándose a la ciudadanía a través de un empleo que no se crea, de unos salarios que no crecen y pierden poder adquisitivo por la inflación o, en resumen, de una serie de consecuencias que le hacen vivir en peores condiciones. Y en un nivel menor, hay que decir que también podemos resaltar algunos fenómenos que, por populismo o por desconocimiento, parecían un acto justificado y han acabado trasladando efectos negativos a la economía.

En este sentido, podríamos destacar la decisión adoptada por El Salvador, la cual pretende costarle una fortuna a una población, ya de por sí, careciente de recursos. En otras palabras, la decisión de adoptar el Bitcoin como moneda nacional, así como utilizarla en las operaciones gubernamentales, podría costarle muy caro al país, teniendo en cuenta el desplome que han vivido las criptomonedas y la actual dependencia del país del valor que presenta la reina de los criptoactivos. Y hay que decir que hablamos de un desplome de más del 50% desde sus máximos históricos.

En estos momentos, la decisión adoptada por el mandatario Nayib Bukele ha provocado que, hoy, el mercado augure que El Salvador entrará en impago por haber convertido el bitcoin en moneda legal. Con el desplome del Bitcoin y el resto del mundo cripto, también cayeron en picado los bonos del Gobierno de El Salvador, los cuales hoy cotizan a un 40% de su valor original, reflejando, de paso, esas dudas mencionadas por parte de los inversores sobre la capacidad del país para poder cumplir con el próximo pago de su deuda. Y con ello, llega la rebaja de unas agencias de rating que, en el caso de Fitch, advirtieron ya al país el año pasado de que la volatilidad de la criptomoneda impactaría en las ya frágiles finanzas públicas del país.

Pese a las advertencias, el mandatario siguió adelante con una medida muy popular y que situó a Bukele en todas las portadas, pero hoy, como puede apreciarse en el análisis, la decisión no solo está poniendo al país contra las cuerdas, sino que, de la misma manera, le cuesta el dinero a una ciudadanía que, a día de hoy, tiene que afrontar las pérdidas que ha supuesto la decisión de utilizar parte de las reservas del país para invertirlos en una criptomoneda que presenta más volatilidad que cualquier otro activo del mercado. El desconocimiento del mandatario, ejecutando una decisión como la adoptada, ha acarreado una situación económica delicada para una ciudadanía que hoy paga “los platos rotos”.

Como la guerra entre Ucrania y Rusia o la decisión de China de encerrar a toda su población en contra de la ciencia, la decisión adoptada por Nayib Bukele es otra muestra más de cómo la agenda política sigue teniendo mucho que ver en la situación que atraviesa cada territorio. La decisión de adoptar la criptomoneda como moneda nacional hoy sitúa a El Salvador en una situación en la que, incluso, se habla de rescates. Y el sobrecoste que conlleva la deuda atendiendo a ese deterioro en la calificación, o la imposibilidad, incluso, de acceder a los mercados globales por esta situación es una muestra más del coste del populismo para países que, por su situación, no necesitan improvisación, sino una buena estrategia y reformas estructurales.

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Y hay que decir que, de no ser así, El Salvador no sería el país que menos inversión atrae de toda Latinoamérica. Pues podemos valorar mucho lo moderno y lo socialmente bien visto de una decisión, pero si ello no atiende a razones, la ciencia y la evidencia, el coste de la improvisación y esta manía de interponernos en la recuperación significará una elevada carga, y una condena, para la ciudadanía. Ya que, como dijo Thomas Sowell, “deben valorarse las medidas adoptadas por el impacto que tienen estas en la sociedad, y no por la intencionalidad con la que se aplicaron”.

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