El mundo se enfrenta, nuevamente, a una situación compleja. La economía, que luchaba por recuperarse de las consecuencias del COVID, comienza a mostrar síntomas de debilitamiento que podrían indicar una ralentización de la recuperación económica. La inflación, así como las medidas adoptadas para contener las intensas presiones inflacionarias por parte de los bancos centrales, han acabado frenando una recuperación económica, y en un momento en el que muchas economías aún no se habían recuperado del todo; al no registrar los mismos niveles que mostraban estas antes de la pandemia.

Como bien debemos saber, la fuerte reactivación de la economía a nivel global supuso una muy intensa demanda que contrastó con una oferta que no se encontraba disponible. La escasez, derivada de esta situación de incapacidad, o lo que es lo mismo, de ese shock de oferta, provocó que los precios comenzaran a crecer, en tanto en cuanto se seguían dando perturbaciones en las distintas cadenas de suministro mediante las que fluyen los bienes de un país hacia otro. Y así, con el paso de los meses, nos hemos topado con una inflación que hoy escala a máximos históricos.

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Para combatir esta inflación, los bancos centrales han recurrido a los convencionales mecanismos de los que dispone para garantizar la estabilidad de precios. En este sentido, y motivados por las decisiones adoptadas por la Reserva Federal (FED), los distintos bancos centrales en el mundo han comenzado a retirar los estímulos, comenzando por una subida de los tipos de interés que pretende relajar la demanda y, con ello, las presiones inflacionarias que acechan al conjunto de economías en el mundo.

Sin embargo, de la misma forma que estas políticas atacan la inflación y la frenan, también frenan el crecimiento económico; y ello, teniendo en cuenta la situación en la que nos encontramos, es una amenaza para tener muy en cuenta.

De la misma manera que se combate la inflación, esa relajación de la demanda que se persigue para hacer que la inflación remita, de la misma forma, supone una relajación del consumo y, en esencia, de la actividad económica. Al haber una menor demanda, la tensión que viven los precios remite, moderándose estos a la baja. Pero esa menor demanda, de la misma manera, incide en el crecimiento económico, con un menor crecimiento que puede derivar en un severo estancamiento, de prolongarse la situación en el tiempo.

En otras palabras, hablamos de dos caras de una misma moneda. Cuando combatimos la inflación, frenamos la economía para frenar la subida de los precios y, con ello, garantizar la estabilidad. Sin embargo, frenar la economía en un momento en el que nos recuperamos, y en el que muchas economías aún no han recuperado los niveles que mostraban estas en 2019, es una decisión muy difícil de tomar; pues una recuperación incompleta no solo es un paso atrás en esa corrección de los desequilibrios que presentan economías emergentes como las de América Latina, sino que, de la misma manera, supone un retroceso en un proceso de convergencia entre economías desarrolladas y en desarrollo, muy importante de cara a lograr ese desarrollo inclusivo que se persigue.

Y esta es la situación en la que nos encontramos. Los bancos centrales se encuentran en la difícil encrucijada, teniendo que elegir entre tener inflación o tener crecimiento económico. Los bancos centrales siguen subiendo los tipos de interés, pero lo hacen con la cautela que requiere esta situación, si no se quiere apagar un crecimiento que hoy ya es bastante débil. Y debo señalar que ya son muchos los economistas que, ante la desaceleración que vive la economía en estos momentos, hablan de estanflación, así como otras problemáticas que, debiendo tenerlas muy en cuenta, podrían ponernos en serios apuros.

Pues hay que señalar que la subida de tipos a la que estamos recurriendo, en un escenario en el que no seamos capaces de restablecer la oferta, podría no tener ningún efecto en la economía. Recordemos que estamos ante un shock de oferta, y estimular la demanda solo agrava la situación. Si esa oferta no se restablece y no vemos un mayor equilibrio entre ambas magnitudes, podríamos tener una situación en la que la inflación siga presente, a la misma vez que la economía, debido a las restricciones, podría estancarse. En otras palabras, la estanflación.

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Muy temida por los economistas, la estanflación es una situación de la que es muy difícil salir. La inflación convive con el estancamiento económico, y esto provoca una situación de malestar que podría derivar en una severa crisis económica. Por el momento, la situación no anima a hablar de estanflación, pues los crecimientos están ahí, pero sí hemos de señalar que atendemos a una desaceleración que debería preocuparnos. Pues, como hemos visto en el artículo, nos encontramos en una encrucijada determinante para el futuro de la región.

¡Actuemos con mucha cautela!