La pasada semana, en esta misma columna, analizábamos un fenómeno que, tras la pandemia y como consecuencia de la crisis en la que esta se ha convertido, pretende modificar por completo el sistema, o al menos parte de él. El nearshoring –que viene a sustituir al offshoring que llevamos practicando desde que se iniciara esa tendencia globalista que vemos a día de hoy– pretende ser, como dije en la columna citada, la nueva tendencia en materia de comercio exterior. Y en esta línea hay que decir que había motivos para que esta situación se diese, tras una guerra comercial que puso en pie a las dos primeras potencias económicas del mundo, pero la pandemia ha aportado todos los ingredientes restantes para considerarla una realidad.

El nearshoring, al igual que el offshoring, es una práctica muy común en el mundo empresarial y, especialmente, en aquellas empresas que trabajan en entornos globalizados. En esta, la empresa, aprovechando las ventajas que ofrece la globalización, subcontrata la producción en países en los que los costes de producción son inferiores. No obstante, a diferencia del offshoring, en el nearshoring se subcontrata a empresas de países extranjeros, pero con la objeción de que estos son relativamente cercanos. En otras palabras, el nearshoring consiste en externalizar la producción o parte de ella, pero la externaliza en territorios cercanos al país en el que, posteriormente, se pretende distribuir el producto.

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Teniendo en cuenta todo lo ocurrido durante la pandemia, la posición de China en el comercio exterior, así como el cocktail que surgió de todo esto que mencionamos, hablamos de una práctica, a priori, más útil para aquellas empresas que concentran casi toda su producción en un único continente y que, con la pandemia, se han visto en la obligación de cerrar por no contar con oferta para satisfacer su demanda. Sin embargo, no hemos sabido identificar esta situación hasta que una pandemia nos ha indicado los peligros de esa dependencia y las consecuencias de la misma.

En este escenario, hay que decir que las interrupciones en las cadenas de suministro, las roturas de stock, entre otros fenómenos que siguen muy presentes en nuestro día a día, pusieron de manifiesto esta situación y nos permitieron darnos cuenta de ello, evidenciando esa necesidad de aplicar correcciones para, en el futuro, evitar situaciones similares o, como poco, diversificar el riesgo existente. Pues cabe mencionar que estos fenómenos a los que hacemos mención ya eran un problema por la paralización de la economía, pero estos se acentuaron notablemente en el momento que analizamos la composición de una cadena de valor que, principalmente y como señalábamos, se concentraba en el continente asiático (35% de la producción manufacturera).

Por todo esto que mencionamos, muchas empresas en el mundo se encuentran en búsqueda de países, nuevos territorios, en los que instalar sus fábricas y, en esencia, su producción. Con Estados Unidos a la cabeza, muchas empresas norteamericanas, europeas, así como de otros territorios, han comenzado a buscar nuevos destinos en los que invertir sus capitales y, de la misma manera, diversificar una producción que, anteriormente, estaba localizada en Asia. Y aquí, como dije la semana pasada, Latinoamérica tiene la oportunidad de sacar tajada, pues, situándose tan cerca de los Estados Unidos y tan lejos de los principales conflictos, podría verse beneficiada en una hipotética relocalización de las cadenas de valor, las cuales podrían recaer en estas economías emergentes.

Sin embargo, pese a todo lo señalado, conseguir que los empresarios opten por Centroamérica y, en general, Latinoamérica como destino de sus inversiones no es, como se diría en España, “coser y cantar”. Recordemos que huyen de una serie de economías por diversos riesgos que corren estando allí, y no vendrán a otras economías en los que estos riesgos sean iguales o, incluso, superiores. En otras palabras, solo es posible atraer a estas empresas, a estos capitales, si ofrecemos garantías que permitan estar tranquilos a los inversores, y en esto, en lo que a garantías se refiere, Latinoamérica no cuenta con tantas ventajas.

Como bien sabemos, la debilidad de las instituciones, que genera una gran parte de los desequilibrios estructurales que presentan esta serie de economías, no ofrece garantía alguna para unos inversores que, además de ver los riesgos, deben enfrentar una extrema incertidumbre política, entre otras situaciones, por el simple hecho de escoger a estas economías. Además, en los últimos meses, el Gobierno de Estados Unidos, el principal socio comercial de este conjunto de economías, señaló por corrupción a 60 funcionarios y exresponsables gubernamentales de El Salvador, Honduras, Guatemala y Nicaragua, así como a jueces y fiscales de países, en esencia, centroamericanos.

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Teniendo en cuenta lo mencionado y en resumen, es cierto que existen oportunidades en el horizonte para unas economías que carecen de ellas, pero también es cierto que aprovechar estas oportunidades, como tratamos de subrayar en esta columna, no será fácil. El nearshoring y esa relocalización de las cadenas de valor puede ser una vía para potenciar el desarrollo que, desde hace años, viene frenándose, pero hacer que los capitales extranjeros lleguen a la región solo es posible si estas economías ofrecen garantías a unos inversores que, a la luz de los datos, huyen de tan extrema incertidumbre.

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